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martes, 14 de julio de 2020

El saqueo de San Lázaro, 13 de julio de 1789


El saqueo de San Lázaro, 13 de julio de 1789

El desastre que cayó sobre la Casa Madre fue un punto de ruptura en la historia de la Congregación de la Misión, y fue la prueba, como ninguna otra cosa lo hubiera sido, de cuán vulnerable era la Congregación en una Francia que cambiaba con toda rapidez. Fue el final de la época de san Vicente de Paúl y el comienzo de la nueva era que sigue durando hasta hoy.
Hay muchos relatos de lo que sucedió. El más importante es el largo informe no publicado escrito por la comisión oficial de investigación enviada a San Lázaro a petición de Cayla. Su valor principal reside en que la investigación se hizo justamente tres días después de los hechos del 16 al 19 de julio[1]. Se han seleccionado algunos detalles de otros relatos para dar un cuadro más completo. Cayla escribió el relato primero, breve como es fácil de comprender, en una carta circular a la Congregación, con fecha del 24 de julio[2]. Hay un relato más amplio escrito por Adrien Lamourette, antiguo miembro de la Congregación, que vivía en París en aquellas fechas[3]. Su texto sirvió parcialmente como base para otro texto más detallado preparado por Gaspard-Jean-André Jauffret, obispo de Metz. Jauffret había estado en San Lázaro al atardecer de la víspera del saqueo, pero no se conocen otras fuentes de la Mémoire de Jauffret[4]. Hay un cuarto relato, impreso, escrito por Louis-Abel Beffroy de Reigny (conocido por su seudónimo «Cousin Jacques»). Había entrado en la Congregación, estuvo en ella poco tiempo, y la dejó para dedicarse a la enseñanza en Douai[5]. Compositor y dramaturgo, reunió sus relatos, como dice él mismo, después de un examen escrupuloso de declaraciones personales y anécdotas no publicadas. Citó su material Pierre d’Hesmivy d’Auribeau, sacerdote e historiador[6]. También dejaron sus recuerdos dos misioneros de la Congregación, Philippe-Bernard Adam (nacido en 1749), y el hermano Jean-Baptiste Mouflet (nacido en 1728). Adam escribió varias cartas a un amigo y cohermano en Lyon, Louis Jousselme (b. 1746). Su valor reside en el hecho de que Adam estaba en París el día del saqueo, aunque no en San Lázaro, sino en la casa de San Fermín, la antigua Bons-Enfants, y siguió escribiendo sus relatos durante varios días. El hermano Mouflet, testigo ocular, cuenta la historia en una carta personal escrita desde San Lázaro el 2 de octubre de 1789, a un cohermano en Constantinopla[7]. Todos los relatos reflejan el horror de lo inesperado[8].
Preliminares
El domingo 12 de julio de 1789, un día de mucho calor, flotaba sobre París un ambiente de inquietud. Una razón era que Luis XVI había removido de su cargo a Jacques Necker, popular ministro de economía. Esto llevó a rumores de que el rey iba a disolver la Asamblea Nacional y poner como castigo a la capital en manos del ejército real. Otra razón era el fantasma de una bancarrota general y el del hambre. Dos años de inviernos fríos y de heladas en primavera habían arruinado muchas cosechas, lo que hizo que el precio del pan subiera a precios desconocidos desde hacía veinte años. Por estas razones, grupos no oficiales, algunos espontáneos y otros formados expresamente con ese objetivo, estaban haciendo planes para levantar barricadas en la ciudad para impedir una invasión, a buscar armas para defender a sus conciudadanos y para apoderarse del grano almacenado. Al llegar la noche el fuego había destruido muchas de las odiosas barreras de arbitrios; comenzaron a sonar campanas de las torres en son de alarma, mientras algunas pandillas merodeaban por las calles. Algunos sabían que la casa de San Lázaro, en la zona norte de la ciudad, había vendido grano recientemente, y esto levantó la sospecha de que había allí almacenada una gran reserva de grano, lo cual era cierto[9], pues se cultivaban cereales en abundancia en las extensas tierras de San Lázaro; el grano se elaboraba en la propiedad del antiguo seminario de San Carlos, en su lado noreste.
Un grupo de unos veinte hombres armados, aunque algunos textos dicen que fueron cien, llegaron a las puertas de San Lázaro entre las 2:30 y la 2:45 de la mañana del lunes. El procurador general, Jean-François Daudet (1739–1807), y su secretario, el hermano Jean-Baptiste Mouflet, los vieron desde una ventana. Adam dice que la casa había sido advertida unos días antes, pero que se hizo poco caso a la advertencia, pero tal vez fuera esa la razón de que Daudet y Mouflet estuvieran esperando la llegada de los asaltantes. Estos forzaron las puertas y en pocos minutos estaban dentro, o porque el hermano portero las abrió para evitar problemas mayores, o porque cedieron. Una vez dentro, los «bergantes», como se calificaban a sí mismos, empezaron a disparar en el patio delantero, aún a oscuras. A continuación se encontraron con un diácono, que les llevó a la sala St. Denis y les dio pan, vino, carne y cerezas, que habían pedido expresamente. A continuación pidieron veinte luises para cada uno, y amenazaron con matar al diácono si no los daba.
Nunca se ha explicado por qué fueron en medio de la noche. Si su búsqueda de grano y de armas hubiera estado apoyada por alguien perteneciente al gobierno de la ciudad, probablemente hubieran ido más tarde, provistos de una orden de registro. Tampoco se sabe quién era el líder de los asaltantes, si es que lo tenían.
Mientras sus compañeros comían y bebían, sobre todo esto último, otros doce o quince permanecieron en el patio y siguieron aterrorizando a los de la casa disparando sin control. La cosa podía haber terminado ahí, pero algunos empezaron a registrar el edificio. Uno de los grupos fue a soltar a los que estaban encerrados en la prisión de San Lázaro. Forzaron a los guardas entre las 4:00 y las 5:00 para liberar a los prisioneros. Había entre ellos 18 enfermos mentales, cuatro sacerdotes y un miembro de la Congregación, probablemente Pierre-Joseph Allart (nacido en 1742). Aunque quedaron libres, no tenían a dónde ir, y se vieron desorientados con su nueva libertad. Había además otros trece presos condenados por delitos, mantenidos o por sus diócesis (cuatro eran sacerdotes diocesanos), o por sus familias respetables. Huyeron todos ellos, renunciando a lo que hubieran dejado en manos de la autoridad, lo que de cualquier modo desaparecería en el saqueo. Pero se dijo que estos presos tomaron parte en el saqueo y que horas más tarde pegaron fuego a los graneros. Esto parece que fue un ardid para exculpar a unos buenos ciudadanos de París de haber llevado a cabo lo que se atribuyó a los presos. Sea como fuere, la cronología no cuadra, pues los presos se escaparon en hora muy temprana[10].
El saqueo
El procurador entregó algún dinero a los intrusos esperando que se marcharían pronto. Pero lo que más querían estos era descubrir el grano y la harina que estaban seguros se almacenaban en San Lázaro, así como algunas armas. Pero se dejó de lado este objetivo con la llegada hacia las 6:00 de una numerosa muchedumbre que llegaba con intención de saquear el complejo. Entraron algunos mozalbetes por las puertas abiertas y comenzaron a llamar a los que por allí pasaban para que les siguieran. Cuando vieron a un patrulla de soldados marchando por la calle, algunos de los saqueadores empezaron a huir. Pero los soldados no habían recibido órdenes relativas a San Lázaro, y como no solían intervenir en temas de política, siguieron su camino. No se encontraba alrededor ningún policía, posiblemente por causa de otros hechos violentos en otras partes de la ciudad. Así que acabaron entrando miles de asaltantes, entre 4.000 y 8.000, dependiendo de las fuentes. Registraron todos los rincones del edificio, robando lo que podían llevarse y destruyendo lo que no se podía. Relatos del saqueo coinciden en que la destrucción fue total: camas destrozadas, colchones desgarrados, puertas arrancadas, ropa robada o destrozada. Los más de 100 residentes de la casa perdieron sus papeles personales, además del dinero, objetos religiosos, tabaco, y pequeños recuerdos personales. Se arrojaron por las ventanas muchos libros, que fueron pisoteados en la calle. Quedaron destruidas unas mil puertas y unas mil quinientas ventanas en aquel vasto complejo de edificios, que tenían por lo general tres pisos por encima del piso bajo, ático y sótano. Curiosamente algunos relatos mencionan que no se tocaron los muchos crucifijos que se encontraban por todas partes.
En el comedor las mesas y los bancos fueron volcados y destrozados, muy dañados los cuadros, y se llevaron los platos, vasos y utensilios de cocina. Esta también sufrió una destrucción completa, en especial sus despensas. Las bodegas grandes, recién construidas, provocaron la curiosidad sobre qué cantidades de grano podrían albergar. Los saqueadores se llevaron una cantidad de grano y de harina suficiente para cargar cincuenta y tres carros, que llevaron al mercado. Derramaron el aceite, y robaron el resto de las provisiones, queso, mantequilla, y hierbas. En cuanto al vino, se guardaba en botellas y barriles, en una cantidad de alrededor de 27.000 litros[11]. Robaron las botellas, o simplemente las abrieron y se las bebieron sobre el terreno, mientras que se llevaron los barriles o los destrozaron. La inundación resultante de vino y aceite derramados, de varios centímetros, hizo que algunos se resbalaran y cayeran al suelo, mientas que otros se caían por la borrachera. Adam, que entró disfrazado, vio a algunos que estaban «borrachos como cubas», una expresión que se repite en otros varios relatos. Esto pudo dar lugar a la creencia de que al final de la tarde se habían encontrado varios muertos, que se describen tétricamente ahogados en el vino[12]. El relato de Hesmivy d’Auribeau menciona treinta muertos en las bodegas, y otros setenta, tanto hombres como mujeres, en otras partes del complejo. Este macabro detalle no aparece en el informe oficial, bien porque las tropas habían ya removido los cuerpos, o porque era una exageración. En la confusión, algunos de los saqueadores robaron a otros, y por lo que parece algunos fueron muertos en la reyerta.
Algunos se envenenaron en la farmacia que servía a la comunidad de San Lázaro y a la población local. Habían probado varios medicamentos, en especial los que contenían alcohol, y encontraron la muerte.
San Lázaro tenía varias bibliotecas para varios grupos diferentes. Todas fueron muy dañadas, los estantes rotos y muchos libros destrozados. La biblioteca principal, que tenía entre dieciocho y veinte mil volúmenes, perdió especialmente los ejemplares raros y preciosos, lo que muestra que los saqueadores sabían qué es lo que querían. Aunque el daño fue muy grande, se salvó parte de la colección. Por el contrario, la famosa galería de retratos, con sus muchos cuadros, que representaban a papas, obispos y bienhechores más importantes, fue destrozada sin casi posibilidad de reparación.
El despacho del superior general fue saqueado a fondo, como lo fueron los despachos del procurador general y del ecónomo doméstico. Se destruyeron ciento cincuenta libros de administración, se llevaron el dinero, y desaparecieron escrituras de propiedad y papeles oficiales. Por fortuna, se salvó gran parte del archivo histórico. A partir del 1 de septiembre de 1792, la mayor parte de su contenido fue transportado a los Archivos Nacionales, donde ahora forman parte del patrimonio histórico del estado[13]. Por algún golpe de suerte se libró de ser también transportado el precioso registro de los votos iniciado en tiempos del fundador, así como otros objetos guardador por la administración de la comunidad para ser guardados cuidadosamente.
También sufrió daños la habitación de san Vicente, que contenía la estera de paja que cubría la silla en la que murió, una silla con asiento de paja, y objetos de su vestuario, además del bastón, el rosario y el breviario. Tal vez porque sus ropas eran de baja calidad sobrevivieron después de haber sido tiradas aquí y allá. Por el contrario sufrió la acción de los vándalos el modelo de yeso de una nueva estatua del santo, esculpida por Jean-Baptiste Stouf y regalada al padre Jacquier. Estaba situada en el seminario interno; se le cortó un brazo, y también la cabeza, que fue paseada alrededor. Algunos dicen que fue sacada a la calle y arrojada a la fuente del Palais Royal. Se salvó la amplia colección de los escritos originales de san Vicente. Tal vez uno de los misioneros se la llevó al huir. Posteriormente la colección fue dividida entre varias personas para su conservación.
También fue destruido el laboratorio de ciencias del estudiantado. Pierre Ratinod (nacido en 1767), el joven profesor de ciencias, redactó una lista de lo que se había perdido, en particular sus telescopios, microscopios, muestras de piedras preciosas, tales como esmeraldas, ópalos, lapislázulis y zafiros. La famosa colección de conchas marinas también fue saqueada o destruida, junto con los ejemplares de fósiles, porcelana china y otras varias «curiosidades» coleccionadas en conformidad con el espíritu de la Edad de la Ilustración.
Los muchos servicios exigidos por una institución tan grande, tales como la lavandería y los talleres para el sastre, el zapatero y el carnicero, fueron también saqueados, y robados los instrumentos y las materias primas. En el jardín, en la huerta y en el vivero se volcaron los receptáculos de plantas, fueron cortados algunos árboles, y fueron robadas las sesenta ovejas. En un pequeño promontorio natural en el centro de la granja había un depósito de agua y una pequeña casa de campo, que se usaba normalmente para recreación. El informe oficial dice que la mesa de billar sufrió daños, así como los juegos de mesa.
Los asaltantes prendieron también varias hogueras con los muebles destrozados y los papeles arrojados por las ventanas. Hacia las tres de la tarde comenzó a arder el granero, poco después de que se hubieran llevado el grano. El fuego podría haberse extendido fácilmente hacia los otros edificios si no hubiera sido por la llegada de una brigada de bomberos voluntarios. Al comienzo los saqueadores no permitieron acercarse a los bomberos, pero llegaron unos miembros de la milicia hacia las cinco que ayudó a extinguir el fuego. La milicia intentó poner algún orden, pero ya era demasiado tarde. Había alguna tropa de las Gardes Françaises en unos cuarteles cercanos a San Lázaro, que trabajaron para evitar que el fuego se extendiera a sus cuarteles. Según el testimonio de la investigación oficial, cuatro de ellos formaron parte del grupo primero que invadió la casa.
La casa tenía unos pocos coches y carros, pero todos ellos fueron destruidos. Se dejaron unos pocos caballos, probablemente los no aptos para ninguna clase de trabajo.
Las varias capillas de la casa no figuran en los informes oficiales, dando la impresión de que los saqueadores las indultaron. Pero relatos posteriores dicen que una reliquia de san Vicente que se guardaba en la capilla privada de la comunidad fue llevada a la cercana iglesia de San Lorenzo. Otro grupo llevó el copón del sagrario a la casa vecina de los Recoletos. Además la narración de Mouflet añade que se salvó la histórica capilla pública gracias a los esfuerzos del hermano Louis-Pierre Piorette (nacido en 1735), el sacristán, que la defendió con la ayuda de algunos amigos seglares. Así se salvó el relicario dorado que contenía los restos de san Vicente, junto con los cuadros de la gran serie de la canonización. Por otro lado, la tribuna, la galería accesible desde los pisos altos, fue invadida. Fueron destrozadas las sillas y las ventanas, y el órgano quedó inservible. La sacristía principal perdió también algunos objetos raros, tales como los libros de música de vitela, y candelabros. También sufrieron daños algunas de las otras capillas, en particular en las ventanas, puertas y armarios.
La dispersión
¿Qué sucedió a los habitantes de la casa? ¿Se quedaron para tratar de defenderla o huyeron? Algunos trataron de dialogar con los invasores, apelando a su conciencia cristiana. Es tentador imaginar que Cayla y los responsables de la Congregación intentaran detener a los saqueadores, pero muy probablemente se apresuraron a salvar lo que se pudiera antes de que llegara la muchedumbre. La mayor parte de los miembros de la casa huyeron a pie después de que se les amenazara con matarles, aunque de hecho no murió ningún miembro de la casa. Hacia las 8:30, cuando el horror del saqueo estaba en su cénit, los padres Cayla y Brunet escaparon saltando las tapias del jardín ayudándose de una escalera. Cayla tomó la precaución de poner un cinta verde en su sombrero, un símbolo de apoyo al pueblo, así como el alzacuello usado por el clero diocesano para disfrazarse por si era atacado. Junto con algunos estudiantes y seminaristas, fue a San Fermín, pero Brunet no tuvo tanta suerte. Junto con un subdiácono[14], fue arrestado y forzado a subirse a un carro encima de los sacos de grano camino del mercado público. Se libró justamente de ser ejecutado, y buscó asilo en la casa de unos vecinos. Aparece en uno de los dos grabados contemporáneos del desastre encima de uno de los carros. Se dijo que también se colocaron en el carro encima de los sacos de grano los esqueletos de anatomía, para simbolizar la vida y la muerte, cogidos en el laboratorio del estudiantado[15]. Ferris, otro de los asistentes del general, intentó irse por entre la muchedumbre, acompañado por algunos estudiantes. Pidió a los hombres que respetaran a los seminaristas, pero esa petición fue inútil. Se las arregló de alguna manera en llegar a San Fermín y se encontró con Adam, quien lo describe como herido[16]. Según otro relato, Ferris recibió una fuerte paliza[17]. Pudo por fin tal vez refugiarse en casa de su hermano Richard, un sacerdote diocesano que vivía en la margen izquierda en París[18].
Los dos procuradores, Jean-François Daudet, procurador general, y Christophe-Simon Rouyer (b. 1739), el ecónomo doméstico, se escaparon arrastrándose por los canalones de desagüe de la capilla principal. Como el tejado de la capilla estaba cerca de los edificios de habitaciones construidos setenta años antes durante el generalato de Brunet, los dos huidos pudieron introducirse en las habitaciones por los balcones y las ventanas. Es posible que se les unieran otros en esta fuga dramática.
La casa solía recibir huéspedes que no eran miembros de la Congregación de la Misión, tales como sacerdotes para retiros, huéspedes de una noche, o personas retiradas. También estos perdieron todo. Un estudiante de arte con permiso para pintar en el jardín, por ejemplo, perdió sus cuadros. Había también en la casa algunos enfermos en cama y ancianos. Uno de ellos, Marc-François Bourgeat (1711–90), que se había roto una pierna hacía poco, fue llevado inconsciente en una silla por entre medio de la chusma. Sus portadores cruzaron la calle del Faubourg St. Denis a una casa segura de las Hijas de la Caridad[19]. Otros dos enfermos pudieron llegar al monasterio cercano de los Agustinos Recoletos, que los recibieron caritativamente. Otros huyeron por la calle al hospicio del Nombre de Jesús, fundado por san Vicente. Domenico Sicardi (1730–1819), asistente general y director de las Hijas d ela Caridad, cruzó la calle hacia las 5:30 de la mañana para celebrarles misa, por lo visto antes de que la muchedumbre comenzara sus actos violentos. Se quedó allí todo el día, refugiándose en un confesionario y luego en la enfermería de las hermanas, disfrazado como una hermana anciana en cama, incluyendo la cofia[20].
Las hermanas no sufrieron daño. Un grupo de quince hombres armados exigieron ser admitidos en su casa hacia las 11:00 y estuvieron registrando alrededor durante unos noventa minutos. Parece que los hombre dijeron a las hermanas que se les había pagado para San Lázaro, no para la casa de ellas, y se marcharon. Un segundo grupo, de unos 200 hombres y mujeres armados, pidieron entrar hacia las 5:00 de la tarde. Consiguieron asustar a las seminaristas reunidas en la capilla, temerosas de ser violadas en aquella situación tan violenta (cosa que después uno de los saqueadores admitió que era su «plan más terrible»). Pero en lugar de ello, el líder del grupo hizo la genuflexión, y se marcharon asustados cuando vieron que algunas de las seminaristas se habían desmayado. El grupo exigió comida y dinero, como sucedió al otro lado de la calle, pero después de recibir alguna modesta donación y al ver la pobreza de la Casa Madre de las hermanas, se fueron después de estar registrando el edificio durante cuarenta y cinco minutos. Más tarde las hermanas consiguieron la protección de algunos miembros de la milicia popular.
El director del seminario interno de la Congregación, Francis Regis Clet (1748–1820), el futuro mártir que sería canonizado, prudentemente aconsejó a sus seminaristas que volvieran a sus familias. Los que se fueron lo debieron de hacer a toda prisa, pues Clet no pudo devolverles su dinero personal y otros objetos que habían dejado en depósito a su cargo. Pero otros se quedaron. El hermano Mouflet escribe que volvieron veinticinco de los seminaristas, pero esa cifra parece exagerada, pues solo uno de ellos Pierre-Julien Daviers (1767–1846), haría los votos en 1789, el 8 de agosto, escasamente un mes después del desastre. El mismo Clet declaró que perdió documentos, objetos personales y unos pocos pañuelos. Otros estudiantes mayores, algunos con poca ropa, huyeron como pudieron a través del jardín o por la calle. Algunos de ellos fueron recibidos por amigos o por vecinos. También los hermanos se dispersaron, pero no corrieron tanto peligro como los clérigos, pues a todos estos se les podía distinguir claramente por la tonsura clerical. Mouflet menciona que él y unos veinte más llegaron hasta Soissons, donde se refugiaron en el seminario. Otros, tanto sacerdotes, como estudiantes, fueron bien recibidos en parroquias vecinas o en granjas cercanas a la ciudad que pertenecían a San Lázaro.
Las secuelas
Una vez que terminó aquel día espantoso, y se apagaron las hogueras, poco quedó en pie a lo que mereciera la pena volver. Sin embargo, por la mañana siguiente, hacia las 4:00, volvieron hasta treinta valientes entre estudiantes, sacerdotes y hermanos, para tratar de salvar lo que se pudiera. Sicardi recuperó un cuadro valioso de san Vicente, ahora en Turín, así como algunos libros importantes tirados en la calle. Algunos que pasaron por allí devolvieron objetos que habían encontrado, tales como papeles y cosas pequeñas, hasta unos pocos billetes de lotería. Según Beffroy de Reigny, la «gente de París hizo justicia con algunos de aquellos salteadores al día siguiente, pues colgaron a varios de aquellos bandidos que habían causado el desastre».[21] Los que volvieron encontraron poca comida o bebida, y no tenían medios para cocinarlas aunque las hubieran tenido. El sistema de distribución de agua estaba destruido, habían robado las válvulas, de manera que no había una gota de agua. También estaba destruido el mecanismo del reloj, y las campanas ya no señalaban los tiempos de la oración. Como era verano, no había una necesidad urgente de estar a cubierto, pero tuvieron que dormir sobre el desnudo suelo. Las Hijas de la Caridad les ofrecerían alguna ayuda, pero los relatos omiten este detalle. Con el tiempo algunas comunidades religiosas les dieron ayuda para la reconstrucción. Por ejemplo, la Sociedad de Misiones Extranjeras envió 1.200 libras para aliviar sus sufrimientos y como reconocimiento por la hospitalidad dada en otras ocasiones a los misioneros de la Sociedad[22]. El rey, el arzobispo, el capítulo así como otros bienhechores ofrecieron a la comunidad alguna ayuda económica según fue reconstituyéndose poco a poco.
Cayla volvió al cabo de uno o dos días, y para contribuir a los esfuerzos de reconstrucción escribió un relato del saqueo en una carta circular el día 24 de julio. En ella apelaba a las otras casas de la Congregación pidiendo ayuda. Prometía que vivirían frugalmente, y urgía a sus cohermanos a ofrecer oraciones y sacrificios, y a aceptar lo que era, así lo sugería él, castigo por sus pecados.
Al día siguiente escribió al Journal de Paris dando su versión de la acusación de haber acumulado[23]. Explicaba que San Lázaro no había estado acumulando, sino que por el contrario había puesto en el mercado durante el año grandes cantidades, según se lo habían solicitado las autoridades, y que tenía documentos para probarlo. Recordaba además a los lectores que la comunidad daba alimentos de manera regular a muchos pobres que acudían solicitando ayuda. Según una narración, la cantidad de grano llevado al mercado el día del saqueo llenaba cincuenta y dos carros[24], que transportaron 305 sacos de grano y 311 de harina, las provisiones de San Lázaro para tres meses. Ahora no tenían nada. Cayla se puso también en contacto con el conde Devonshire, comandante de la milicia local, pues el informe de este, también en el Journal de Paris, contiene casi la misma información, y también él proporcionó la misma prueba documental, garantizada por los editores, que había mencionado Cayla[25].
El informe de Devonshire refutaba también la acusación de que se habían encontrado armas[26]. Solo se encontró un rifle oxidado y una escopeta de aire que se guardaban en el laboratorio de ciencias. Otra acusación era que uno de los hermanos había pegado fuego al granero, pero el único hermano que quedó en la propiedad por la tarde , seguía diciendo, fue el hermano Piorette, sque se quedó guardando la capilla.
Devonshire coincide con Lamourette en expresar una gran sorpresa por que se hubiera saqueado una institución tan conocida por su caridad y por su estilo de vida sobrio. Se ha sugerido que se atacó a San Lázaro por sus buenas relaciones con la monarquía. Sin embargo, aunque las relaciones eran ciertamente buenas, no fue esa la razón del saqueo de San Lázaro en 1789. No hubo probablemente otra razón para el saqueo que la locura de las masas. Este motivo solo se mencionó tiempo después.
¿Fueron pagados algunos de los saqueadores? Esto no se ha probado nunca. Es probable que el ser pagados se entienda simplemente como permiso para que tomaran para sí mismos todo lo que pudieran llevarse, una vez resuelto el problema del grano almacenado. Ciertamente, la investigación oficial sobre el desastre no menciona sus causas, sino que solo describe sus manifestaciones. Un pequeño grupo de veintitrés en total fueron arrestados por la policía. Eran gentes sencillas, la mayor parte hombres jóvenes, pero también había seis mujeres. No se sabe qué les sucedió posteriormente[27].
Lo que hizo que el saqueo fuera aún más horrible fue que San Lázaro había sido renovado con mucho cuidado durante las últimas décadas bajo la autoridad de Antoine Jacquier. Sus trabajos de renovación lo habían dejado en el mejor estado que jamás tuvo en toda su historia. Gracias a las estrechas relaciones de la Congregación con el gobierno real, disfrutaba de una gran prominencia. Estos «cuarteles de la caridad», como se les describía a veces, gozaban también de una brillante reputación por sus obras, manteniendo a la vez dentro de casa un espíritu de humildad y de sencillez.
El saqueo produjo un tal impacto en la conciencia popular que , se hizo una conmemoración de él en grabados de lujo en página entera que se vendieron al público en general. Esos Tableaux historiques fueron publicados en varias ediciones, y cubrían los hechos principales entre junio de 1789 y noviembre de 1799[28]. La ilustración muestra la fachada de San Lázaro vista desde fuera, con una gran muchedumbre mirando y cogiendo objetos tirados por las ventanas, sobre todo libros, muebles y ropa. Un carro cargado de grano, con Brunet arrodillado en oración encima de los sacos, se va por el lado izquierdo hacia la ciudad[29]. Ese grabado y otro basado en él, es el recuerdo más conocido de aquel hecho decisivo. El segundo lleva una inscripción tendenciosa explicando lo que había sucedido: «Un grupo de populacho armado fue al convento de los lazaristas a pedir comida. Cuando se la rehusaron, rompieron la puerta principal y cometieron varios excesos, saqueando todo lo que encontraron, y después de liberar a todos los presos, llevaron triunfalmente a la ciudad una gran cantidad de trigo»[30].
Una visión diferente dio meses después Adam, quien criticó a su propia casa. «Esta casa ha sido entregada al saqueo por permiso especial del Señor, para castigarla por su avaricia insaciable y su extraordinaria ambición». Critica a Cayla, que había prometido vivir frugalmente, y dice que «había vuelto a asumir su estilo lujoso de vida, con carrozas y armas a mano… y un bufete de caoba… [en] su vergonzoso apartamento…».[31]
Estas opiniones chocan fuertemente con la narración considerada de Lamourette, que termina con estas efusivas palabras de alabanza por los que habían sido sus cohermanos:
Que seáis apreciados y conocidos por toda Francia, así como sois queridos y respetados por todos los corazones que han gustado la dulzura de relacionarse con vosotros, y así como sois preciosos a los ojos de los que han podido contemplar la santidad de vuestro comportamiento y la corriente inagotable de vuestra caridad y vuestro celo[32].


[1]     Documento sin título, AN, M. 716, no. 20, preparado por Laurent de Courville, completado por la «Déclaration qui donnent les prêtres de la Congrégation de la Mission de la maison de St. Lazare de Paris… 13 novembre 1789». 11 pp., AN, M. 716.

[2]     Circular del 24 de julio de 1789, Recueil, 2, 221–223.

[3]     Adrien Lamourette, Désastre de la Maison de Saint-Lazare à M. Le Comte de T…. (Paris, 1789). Se da en la p. 32 el nombre del autor, así como la fecha de 30 de agosto de 1789.

[4]     «Mémoire sur la dévastation de la maison de Saint-Lazare, chef-lieu de la Congrégation de la Mission, dans la nuit du 12 au 13 juillet 1789», Recueil, 2, 562–577.

[5]     Maximilien Melleville, Histoire de la ville de Laon et de ses institutions civiles judiciaires, etc., 2 vols. (Paris, 1846).

[6]     Louis-Abel Beffroy de Reigny («Cousin Jacques»), Histoire de France, pendant trois mois (Paris, 1789), pp. 24–28; Pierre d’Hesmivy d’Auribeau publicó una parte en sus Mémoires pour servir à l’ histoire de la persécution françoise (Rome, 1794–1795). Véase también «La Congrégation de la Mission pendant la Révolution. D’après les Mémoires de l’abbé d’Auribeau», AnnCM 74 (1909): 359–371; una breve obra contemporánea se encuentra en Révolution de Paris, dédiées à la nation et au district des Petits Augustins; pub. par le sieur Prudhomme (178994), Introduction: «Introduction à la révolution, servant de préliminaire aux Révolutions de Paris», (1790), p. 7.

[7]     Mouflet a un corresponsal no nombrado [Viguier?], 2 de octubre de 1789, ACMP, liasse 9, Constantinople-Saint Benoît, dossier A; [original]. Imprimido en Ludwik Biskupski, «Les Répercussions de la Révolution française sur l’Orient (1789–1805)», separata de Actes du 31e Congrès des Sociétés Savantes Rouen-Caen 1956 (Paris, 1956).

[8]     Véase también Gabriel Perboyre, «La Congrégation de la Mission pendant la révolution et sous l’administration des vicaires généraux (1788–1827)», AnnCM 72 (1907), 111–125, 274–455, 586–614. Otro relato con detalles ligeramente diferentes se encuentra en [Claude Fauchet, et al.], Collection complète des Tableaux historiques de la révolution française (Paris, 1798), 1, 45–48; reimpresión 1802, 1804.

[9]     [François-Guillaume Ducray-Duménil], Quinzaine Mémorable, sin lugar ni fecha, 180 pp., p. 33–34; publicado otra vez en la obra del mismo autor La Semaine Mémorable, ou récit exact de ce qui s’est passé à Paris depuis le 12 jusqu’au 17 Juillet (Nantes, France, 1789), p. 6.

[10]    Ville de Paris, Ms. 734, fol. 4. [Gracias al prof. Simone Zurawski, DePaul University, por esta referencia.]

[11]    100 muids, a 268.2 litros por muid. Jacques Godechot, The Taking of the Bastille. July 14th, 1789, trad. Jean Stewart (New York, 1970), p. 194–196.

[12]    Este es el relato de los Tableaux historiques, p. 47: «mientras otra gente salvaje, que había destrozado muchos barriles, dio comienzo a una inundación en la que se ahogaron varios de los que lo habían hecho, así como unas cuantas mujeres y niños, que fueron encontrados ahogados unos días más tarde». Se trata claramente de una exageración.

[13]    «Copie du Procès-verbal d’inventaire et Enlèvement des Titres de la Maison de Saint Lazare», 1 de septiembre de 1792, AN, M. 716, no. 17.

[14]    Identificado como un tal M. Cointré en el escrito de Courville, o como Lecointre por Gabriel Perboyre, «La Congrégation de la Mission sous les vicaires généraux», AnnCM 76 (1911), 401. Se trata probablemente de Jean-François-Clément Cointret (nacido en 1767), que hizo los votos en 1785 y aparece en una lista de 1808 viviendo en Metz, su diócesis natal.

[15]    Warren Roberts, Jacques-Louis David and Jean-Louis Prieur. Revolutionary Artists (Albany, N.Y., 2000), p. 56.

[16]    Adam a Jousselme, 13 July 1789, Archivos del Département du Rhône, papiers Lazaristes.

[17]    Pierre d’Hesmivy d’Auribeau, Mémoires, párrafos seleccionados publicados en «La Congrégation de la Mission pendant la Révolution. D’après les Mémoires de l’abbé d’Auribeau», AnnCM 74 (1909), 368. Véase también Beffroy de Reigny, op. cit, pp. 24–25.

[18]    Mary Purcell, «Richard Ferris, 1754–1828», Journal of the Kerry Archaeological and Historical Society¸ 18 (1985 [1986]), 11; (copia en ACMP.) Cuando la Revolución, Richard volvió a su antiguo regimiento, luego actuó como espía en Inglaterra, volvió al sacerdocio, y tal vez acabó casándose. Murió siendo un Chevalier de la France en París.

[19]    Notices, 5, 94–96.

[20]    Este detalle se encuentra solo en Gabriel Perboyre, «La Congrégation de la Mission pendant la Révolution», AnnCM 74 (1909), 149; y en su «La Congrégation de la Mission sous les vicaires généraux, de 1800 à 1827», AnnCM 78 (1913), 135.

[21]    Beffroy de Reigny, op. cit., p. 28.

[22]    Adrien Launay, Histoire generale de la Société des missions-étrangères (Paris, 1894), pp. 260–261.

[23]    «Aux Auteurs du Journal», Journal de Paris, no. 206, 25 de julio de 1789, p. 925.

[24]    Révolution de Paris, Introduction, p. 7.

[25]    «Aux Auteurs du Journal», Journal de Paris, supplément au No. 215, 3 de agosto de 1789, pp. 967–968.

[26]    Repetido en [De Courtive], Révolutions de Paris, ou récit exact de ce qui s’est passé dans la Capitale, … n.p., 1789, p. 8.

[27]    Léon Bizard, Jane Chapon, Histoire de la Prison de Saint-Lazare du Moyen-Age à nos Jours (Paris, 1925), pp. 112–113; Godechot, Bastille, p. 195.

[28]    Claudette Hould, ed., La Révolution par l’ écriture: les Tableaux de la Révolution française (Paris, 2005).

[29]    Roberts, Jacques-Louis David, pp. 87–89.

[30]    Copia en ACMP, carpetas sobre la Revolución.

[31]    Adam, París, a Jousselme, Lyon, 25 de diciembre de 1790, Archivos del Département du Rhône, papiers Lazaristes.

[32]    Lamourette, Désastre, p. 31.


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