Patrología- San Jerónimo (Felipe Rojas)

SAN JERÓNIMO
DOCTOR DE LA IGLESIA.

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Jerónimo (el doctor máximo o el estridonense) nació hacia el año 347 en Estridón, provincia romana de Dalmacia (hoy Eslovenia/Croacia), ciudad destruida por los Godos en el 379, en el seno de una familia cristiana. En el año 360 viaja a Roma donde recibe una esmerada formación, recibiendo clases del famoso filólogo Elio Donato. En Roma recibe el bautismo y conoce a Rufino quien le introdujo en los ambientes monásticos de la ciudad. Aunque emprendió la carrera de funcionario público en Tréveris, al final se decidió a abandonar esa profesión y retirarse a Aquileya (cerca de Trieste) donde se integró en un grupo de cristianos fervorosos reunidos en torno al obispo Valeriano. La comunidad se disolvió a causa de disensiones internas y tanto Rufino como Jerónimo se dirigieron a Oriente: Rufino a Egipto y Jerónimo al desierto de Calcis (Siria, a 40 km de Alepo) donde llevó por dos años una vida de anacoreta. Allí se centró en el estudio del griego y del hebreo y transcribió códices y obras patrísticas. En su estancia en la región Antioquena tuvo como guía a Apolinar de Laodicea (cuya cristología aún no levantaba sospechas) y también estudió la obra de Orígenes lo cual le llevaría posteriormente a combinar la exégesis literal con el espiritualismo alejandrino.

En ese período sufrió una crisis espiritual que se manifestó en un sueño, fruto del delirio de la enfermedad, en el que se encontraba ante el tribunal de Cristo y escuchaba su veredicto: “eres ciceroniano, no cristiano, porque donde está tu tesoro ahí está también tu corazón”. Jerónimo, en efecto, prefería el estilo de los clásicos antes que el “zafio” lenguaje de los profetas. Fruto de esta visión abandonará por quince años a los autores clásicos aunque al final de su vida redimensionará este hecho explicando cómo los autores paganos pueden ser utilizados por los cristianos.

Fue ordenado sacerdote por el obispo Paulino, que le autorizó a continuar su vida monacal. En el año 380 viaja con Paulino de Antioquía a Constantinopla donde conoce a los Gregorios. En ese año Teodosio declara el cristianismo como religión oficial del Imperio. Dos años más tarde continúan su viaje hasta Roma donde Jerónimo se gana la estima del papa Dámaso quedando a su servicio como su secretario personal. Estando a su servicio, Dámaso le alentó a emprender una nueva traducción latina de los textos bíblicos por motivos pastorales y culturales.

En Roma ejerce la dirección espiritual de ricas damas aristócratas como Paula, Marcela y sus hijas, Asela, Lea. A las cuales también introduce en el estudio de las lenguas semíticas y la exégesis bíblica. En el 385, a la muerte de su protector el papa Dámaso, se ve obligado a abandonar Roma debido a las enemistades que se había granjeado a consecuencia de sus censuras sarcásticas a los clérigos romanos, y a la muerte de una de sus “discípulas” debilitada por el rigor ascético. Junto con varias dirigidas suyas viaja a Tierra Santa, Egipto (donde escucha a Dídimo el Ciego) y regresa a Palestina, estableciéndose en Belén. Allí, en el año 386, gracias a la generosidad de Paula, funda un monasterio masculino, uno femenino, y una hospedería para peregrinos.

En Belén, donde se quedó hasta su muerte, siguió desarrollando una intensa actividad: comentó la palabra de Dios; defendió la fe, oponiéndose con vigor a varias herejías; se alineó junto a Epifanio de Salamina en la polémica contra el origenismo de Juan de Jerusalén y Rufino de Aquileya; exhortó a los monjes a la perfección; enseñó cultura clásica y cristiana a jóvenes alumnos y acogió con espíritu pastoral a los peregrinos que visitaban Tierra Santa. Falleció en su celda, junto a la gruta de la Natividad, el 30 de septiembre del año 419/420.

Uno de los aspectos más destacables de su biografía es su carácter. Era una persona difícil y algunos autores no dudan en calificarlo de vanidoso. En sus escritos polémicos usa con frecuencia las descalificaciones y la ironía. Trata a sus amigos con gran deferencia y a sus enemigos con implacabilidad. Aunque no era difícil pasar de amigo a enemigo, como Rufino o Vigilancio, si mediaba alguna polémica teológica. Tuvo una difícil relación con Ambrosio, a quien acusó de plagiar a Orígenes y el mismo san Agustín se muestra acomplejado en su correspondencia con Jerónimo. En los últimos años de su vida, en su epistolario de Belén y en las homilías que predicaba a los monjes, nos aparece un Jerónimo menos impulsivo, menos irónico, más moderado y humano, más deseoso de vivir en paz frente a las polémicas anteriores.
Sus últimos 35 años los pasó en una gruta, junto a la cueva de Belén. Dicha cueva se encuentra actualmente en el foso de la Iglesia de Santa Catalina en Belén. Varias de las ricas matronas romanas que él había convertido con sus predicaciones y consejos, vendieron sus bienes y se fueron también a Belén a seguir bajo su dirección espiritual. Con el dinero de esas señoras construyó en aquella ciudad un convento para hombres y tres para mujeres, y una casa para atender a los que llegaban de todas partes del mundo a visitar el sitio donde nació Jesús de Nazaret.
Obras de san Jerónimo

Jerónimo destacó por sus traducciones de la Biblia y de obras patrísticas griegas. Además compuso abundantes comentarios bíblicos, homilías, biografías de monjes, obras polémicas y cartas.

-Traducción de la Biblia, la Vulgata, y dos obras auxiliares: Liber locorum (topónimos mencionados en la Biblia) y el Onomasticon de Eusebio de Cesárea (diccionario etimológico de nombres bíblicos).
-Traducción de obras patrísticas griegas: Orígenes, Victorino de Petovio, Dídimo Alejandrino, Eusebio de Cesarea, Pacomiana Latina (documentos pacomianos en lengua copta).
-Comentarios bíblicos: Eclesiastés, Cartas Paulinas, Salmos, en torno al Génesis, profetas menores, comentarios homiléticos, profetas mayores.
-Tratados polémicos: Altercatio Luciferiani et Orthodoxi; Adversus Helvidium; Adversus Vigilantium; Contra Ioannem Hierosolymitanum; Contra Rufnum; Adversus Pelagianos.
–Biografías: escribe tres con una clara intención propagandística de la vida monástica. Son la Vita Sancti Pauli, Vita Malchi, monachi captivi, y Vita Hilarionis. Aunque no es una obra biográfica se puede incluir en este apartado De viris illustribus, catálogo de 135 escritores cristianos desde san Pablo hasta el propio Jerónimo.
–Cartas: se conservan 154 cartas, de las que 120 son escritas por él. Algunas de ellas verdaderos tratados sobre exégesis, otras apologéticas o polémicas, elogios fúnebres, cartas de amistad y de “dirección espiritual”.

LA VULGATA Y SU IMPORTANCIA EN LA VIDA DE LA IGLESIA

VULGATA Y S. JERONIMO 
Hasta la aparición de san Jerónimo las versiones latinas de los escritos sagrados eran tan numerosas como carentes de todo tipo de rigor crítico. Así escribe a Dámaso: “Me obligas a confeccionar de lo viejo una obra nueva. En medio de tantos ejemplares de la Escritura, dispersos por el Orbe, he de sentarme como árbitro que determine cuáles son los que coinciden con los originales griegos. Una labor piadosa, pero también peligrosa: juzgar a todos los demás es exponerse uno a que todos lo juzguen” (PL, 29, 557). Su formación literaria y su amplia erudición permitieron a san Jerónimo revisar y traducir muchos textos bíblicos: un trabajo muy valioso para la Iglesia latina y para la cultura occidental. Basándose en los textos originales escritos en griego y en hebreo, comparándolos con versiones precedentes, revisó los cuatro evangelios en latín, luego los Salmos y gran parte del Antiguo Testamento. Más tarde, otros completaron lo que no había traducido Jerónimo.

“Teniendo en cuenta el original hebreo, el griego de los Setenta —la clásica versión griega del Antiguo Testamento que se remonta a tiempos anteriores al cristianismo— y las precedentes versiones latinas, san Jerónimo, apoyado después por otros colaboradores, pudo ofrecer una traducción mejor: constituye la así llamada “Vulgata”, el texto “oficial” de la Iglesia latina, que fue reconocido como tal en el concilio de Trento y que, después de la reciente revisión, sigue siendo el texto latino “oficial” de la Iglesia” (Benedicto XVI). A pesar de que la traducción del Antiguo Testamento encontró rápidamente opositores (san Agustín entre ellos), la Vulgata se consolidó a partir del siglo VII como el único texto latino usado en Occidente y además de su uso litúrgico influyó de manera decisiva en el desarrollo literario de las lenguas romances. Como decía san Isidoro de Sevilla, “su traducción se antepuso a las demás pues era más constante en las palabras y más clara en la trasparencia de los dichos”. Este impulso se debió al uso que se daba en las abadías especialmente en España e Irlanda, focos de irradiación de la Vulgata.

No obstante, esta difusión hecha a base de copias provocó la interjección de textos apócrifos por lo que se establecieron una serie de correctorios, que hablan por sí mismos de la veneración a la Vulgata. A pesar de ello, en los siglos bajomedievales la Vulgata entró en una situación crítica debido a que, aunque mantenía su prestigio, había muchas dudas sobre la calidad de los textos que circulaban. La introducción de la imprenta multiplicó el problema, acrecentado por la aparición de notas, introducciones y epígrafes de sabor heterodoxo.

En la sesión IV del Concilio de Trento se abordó la cuestión de los abusos y remedios en relación a los textos sagrados. En el decreto Insuper se optó por no decir nada de las deficiencias de la Vulgata, es más se afirma: «deben ser tenidos por sagrados y canónicos los libros enteros con todas sus partes, tal como se han solido leer en la Iglesia católica y se hallan en la antigua edición Vulgata latina». Sin embargo, en las discusiones de Trento se advierte un deseo de los padres por hacer una nueva vulgata, e incluso una nueva versión de los LXX y del texto hebreo.

Pío XII en la Divino Afflante Spiritu clarificó cómo la autenticidad de la Vulgata proclamada por Trento lo era en un sentido jurídico y no textual: “Así pues, esta privilegiada autoridad o, como dicen, autenticidad de la Vulgata no fue establecida por el concilio principalmente por razones críticas, sino más bien por su legítimo uso en las iglesias durante el decurso de tantos siglos; con el cual uso ciertamente se demuestra que la misma está en absoluto inmune de todo error en materia de fe y costumbres; de modo que, conforme al testimonio y confirmación de la misma Iglesia, se puede presentar con seguridad y sin peligro de errar en las disputas, lecciones y predicaciones; y, por tanto, este género de autenticidad no se llama con nombre primario crítica, sino más bien jurídica” (DAS, 14).

La constitución dogmática Dei Verbum afirma en número 22 que “es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso a la Sagrada Escritura. Por ello la Iglesia ya desde sus principios, tomó como suya la antiquísima versión griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta, y conserva siempre con honor otras traducciones orientales y latinas, sobre todo la que llaman Vulgata. Pero como la palabra de Dios debe estar siempre disponible, la Iglesia procura, con solicitud materna, que se redacten traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros. Y si estas traducciones, oportunamente y con el beneplácito de la Autoridad de la Iglesia, se llevan a cabo incluso con la colaboración de los hermanos separados, podrán usarse por todos los cristianos”. En 1966 se crea una comisión pontificia para la elaboración de la neovulgata. Esta comisión, basándose en la edición crítica piana de la Vulgata hecha en 1907, publicó la neovulgata entre 1969 y 1979.

LA CENTRALIDAD DE LA ESCRITURA Y SU INTERPRETACIÓN

Es interesante comprobar los criterios a los que se atuvo el gran biblista en su obra de traductor. Los revela él mismo en una carta, que es un tratado De optimo genere interpretandi, cuando afirma que respeta el orden de las palabras de las sagradas Escrituras, pues en ellas, dice, “incluso el orden de las palabras es un misterio” (Ep 57, 5), es decir, una revelación. Esto no quiere decir que la traducción sea al pie de la letra. Jerónimo afirmaba que para que una traducción fuera buena tenía que desenvolverse con cierta agilidad respecto del original. Jerónimo cita no solo a autores clásicos y eclesiásticos como ejemplos de traducción libre y no literal sino también a los propios hagiógrafos. Una nota de su quehacer interpretativo es el cuidado que pone en no cambiar expresiones ya acuñadas por el tiempo y admitidas como usuales en el lenguaje de la predicación y de la enseñanza.

Además, reafirma la necesidad de recurrir a los textos originales: “Si surgiera una discusión entre los latinos sobre el Nuevo Testamento a causa de las lecturas discordantes de los manuscritos, debemos recurrir al original, es decir, al texto griego, en el que se escribió el Nuevo Testamento. Lo mismo sucede con el Antiguo Testamento, si hay divergencia entre los textos griegos y latinos, debemos recurrir al texto original, el hebreo; de este modo, todo lo que surge del manantial lo podemos encontrar en los riachuelos” (Ep 106, 2).

San Jerónimo comentó también muchos textos bíblicos. Para él los comentarios deben ofrecer opiniones múltiples, “de manera que el lector sensato, después de leer las diferentes explicaciones y de conocer múltiples pareceres —que se pueden aceptar o rechazar— juzgue cuál es el más aceptable y, como un experto agente de cambio, rechace la moneda falsa” (Contra Rufinum 1, 16).

San Jerónimo subrayaba la alegría y la importancia de familiarizarse con los textos bíblicos: “¿No te parece que, ya aquí, en la tierra, estamos en el reino de los cielos cuando vivimos entre estos textos, cuando meditamos en ellos, cuando no conocemos ni buscamos nada más?” (Ep. 53, 10). En realidad, dialogar con Dios, con su Palabra, es en cierto sentido presencia del cielo, es decir, presencia de Dios. Acercarse a los textos bíblicos, sobre todo al Nuevo Testamento, es esencial para el creyente, pues “ignorar la Escritura es ignorar a Cristo”. Es suya esta famosa frase, citada por el concilio Vaticano II en la constitución Dei Verbum (n. 25).

Para san Jerónimo, un criterio metodológico fundamental en la interpretación de las Escrituras era la sintonía con el magisterio de la Iglesia. Nunca podemos leer nosotros solos la Escritura. Para él una auténtica interpretación de la Biblia tenía que estar siempre en armonía con la fe de la Iglesia católica. Por eso, san Jerónimo exhortaba: “Permanece firmemente adherido a la doctrina de la tradición que te ha sido enseñada, para que puedas exhortar según la sana doctrina y refutar a quienes la contradicen” (Ep. 52, 7). En particular, dado que Jesucristo fundó su Iglesia sobre Pedro, todo cristiano —concluía— debe estar en comunión “con la Cátedra de san Pedro. Yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia” (Ep. 15, 2). Por tanto, abiertamente declaraba: “Yo estoy con quien esté unido a la Cátedra de san Pedro” (Ep. 16).

SAN JERÓNIMO, EDUCADOR Y DIRECTOR DE ALMAS A LA LUZ DE SU EPISTOLARIO

Las cartas de intención ascética constituyen, junto con las exegéticas, el fondo doctrinal más típicamente jeronimiano. Hay en él un cierto pudor para hablar de las realidades espirituales y místicas con las que normalmente se encontrará la persona consagrada. Por eso, aparte de la continua referencia al libro del Cantar de los Cantares, prefiere escribir sobre cosas muy prácticas. Y ni siquiera así podría trazarse un esquema fijo en sus notables cartas de tema ascético. La renuncia incondicional de todo lo mundano es para Jerónimo el primer paso en la vida espiritual, lo que lleva como consecuencia inmediata la vigilancia extrema para evitar todo posible retroceso en forma de vanidad o autosuficiencia. De ahí sus determinaciones en puntos aparentemente tan secundarios como el vestido, las compañías, la comida, el trabajo. Para todo guía espiritual, la ascética es el camino que prepara la unión del hombre con Dios. En Jerónimo ese camino tiene como meta lograr la disposición óptima para una lectura sosegada y atenta de la Sagrada Escritura.

La Epístola a Nepociano sobre los deberes de los clérigos, los panegíricos de sus amigos difuntos, sobre todo el de la viuda Paula; las cartas de dirección a monjes y vírgenes, forman un conjunto de prudentes consejos, de sabias enseñanzas y moderadas y comprensivas exhortaciones a la virtud y a la santidad. Por ejemplo en la Epístola a Demetríades dice: “No te imperamos, en verdad, los ayunos inmoderados ni las enormes abstinencias de los alimentos, con las cuales se quebrantan en seguida los cuerpos delicados y empiezan a enfermar antes de que echen los fundamentos de la santa conversión…; el ayuno no es la perfecta virtud, sino el fundamento de las demás virtudes“. Con idéntica moderación va señalando San Jerónimo en esos escritos de dirección los peligros de la vida solitaria, la necesidad de un director experto, del vencimiento del orgullo, de las buenas obras, sin las cuales las mismas vírgenes, según la parábola del Evangelio, son excluidas, por tener sus lámparas apagadas.

No hay que olvidar, por último, la contribución ofrecida por san Jerónimo a la pedagogía cristiana. Entre las principales intuiciones de san Jerónimo como pedagogo hay que subrayar la importancia que atribuye a una educación sana e integral desde la primera infancia, la peculiar responsabilidad que reconoce a los padres, la urgencia de una seria formación moral y religiosa, y la exigencia del estudio para lograr una formación humana más completa.

 Además, un aspecto bastante descuidado en los tiempos antiguos, pero que san Jerónimo considera vital, es la promoción de la mujer, a la que reconoce el derecho a una formación completa: humana, académica, religiosa y profesional.

Autor: Santiago Casas, Diciembre de 2014

Bibliografía

Catequesis de Benedicto XVI del 7 y el 14 de noviembre de 2007.
Epistolario, ed. Bilingüe, 2 vols., BAC, 1993.
Obras completas, ed. Bilingüe, 10 vols. 13 tomos, BAC, 1999-2013 (en edición).
Antonio García-Moreno, La neovulgata. Precedentes y actualidad, Eunsa, 1986.Manuales de Patrología: Ramos-Lissón, Trevijano, Drobner.