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miércoles, 23 de julio de 2014

SER PROFETA Y MÁRTIR EN NUESTRO TIEMPO.

SER PROFETA Y MÁRTIR EN NUESTRO TIEMPO.
Por: Andrés Felipe Rojas Saavedra.


INTRODUCCIÓN.

Derramamos a diario nuestra sangre, ella se vierte en una sociedad que sirve de escenario para matar a Dios, aquel que se esconde en los templos en medio de las ciudades contaminadas por la violencia y la lujuria. Pues bien no es nada raro que aquellos que sirven de corazón al Señor se conviertan en nuevos mártires y profetas que caminan siendo abofeteados por el mundo que no soportan ver aquellos que han optado por salirse de él.

Nuestras Iglesias ahora están confundidas entre el vicio y el vulgar comercio callejero, en las grandes ciudades vemos como nuestros templos son la sombra de vendedores ambulantes sin escrúpulos, se me viene a la mente la ciudad de Medellín en Colombia, donde se encuentra en el centro una antigua Iglesia consagrada a la Virgen de la Candelaria a sus alrededores vemos vendedores de pornografía, perfumería, santería, en fin un vulgar comercio la rodea. Y qué decir de la Iglesia de la Veracruz a escasos metros de ésta, ubicada en una zona rodeada de expendios alucinógenos, de bares, discotecas y prostíbulos. Resulta recomendable escuchar la voz del Papa Francisco cuando nos recomienda salir de nosotros mismo y tener una Iglesia en la calle, pues bien, no es preciso buscar siempre las periferias, sino asomarnos a las ventanas y vislumbrar las realidades de pobreza que invaden nuestro entorno. ¿Qué hacer? La mendicidad, la delincuencia, la prostitución, la lujuria, la drogadicción, no se solucionan con pañitos de agua fría, ni con limosnas, ni con un mercado semanal, el problema radica en que no nos hemos convertido en verdaderos profetas y mártires. ¿Acaso Jesús no era reconocido por sentarse a la mesa con prostitutas y publicanos? ¿Acaso no necesitan ellos más médico que los que están sanos?


EL DESAFIO DEL DESPRENDIMIENTO:

Morir a diario, morir a nosotros mismo, abandonarnos en la divina providencia, arriesgarnos a pesar de los quebrantos emocionales a los que nos enfrentamos todos los misioneros o los laicos consagrados, ese dolor que causa no ser escuchados o ser criticados y atacados por nuestras creencias, ese dolor está presente porque no nos hemos dejado moldear desde las bases sólidas de la humildad. “El que se humilla será enaltecido” (Lc. 14, 11), ser mártir implica no solo derramar la sangre en un vástago donde surgirán nuevos cristianos, ser mártir es morir a nosotros mismo para que exista con nuestro testimonio más mártires que se arriesguen a defender su fe con la dureza de su testimonio vivo, pero sobre todo comprometido a la salvación de las almas.

La realidad del pecado es cada vez más lapsa; dentro de las comunidades religiosas en especial las masculinas, el ambiente no es igual al de años atrás y con gran preocupación podemos decir que se vive un relajamiento, pero no académico, que es lo que muchas veces preocupa a los formadores, sino espiritual, estamos hartándonos de Dios, y nuestros claustros sirven de morada para una doble moral y un lugar donde se encubre la verdad

Nos parece extenso nuestro lugar de apostolado, nos parece inalcanzable las almas que en las tierras infértiles del Evangelio habitan, nos produce un temor acercarnos al que clama, y los prejuicios sociales nos impiden ver con buenos ojos a los jóvenes que a diario mueren buscando defender un ideal, que sólo han conocido a voces del mal, muchos jóvenes prefieren entregar su cuerpo y su alma a un equipo de futbol, a un grupo musical que pertenecer a un grupo pastoral, por muchas razones, porque nos hemos vuelto moralistas, jueces, pero sobre todo fariseos, ponemos cargas pesadas a los demás que ni nosotros mismo ayudamos a llevar, hoy la crisis es de testimonio, falta más convergencia entre lo que se dice y lo que se hace, ser profetas implica hablar al corazón sin importar las puertas que hay que tocar para acceder a él, hablar desde el lenguaje universal del amor y la comprensión, desde allí, desde el lenguaje ecuménico que abriga a todos los seres humanos es posible acceder y transformar la vida.

FRENTE AL DESANIMO DEL SEMBRADOR:

Hoy el sembrador se ha cansado de abonar la tierra, se tira la semilla de cualquier forma, aunque la semilla, es decir el mensaje es el mismo, la forma de arrojarla, es decir, las herramientas pastorales son inadecuadas y anticuadas; el terreno pedregoso al que nos enfrentamos a diario resulta cada vez más difícil de labrar y la tierra fértil parece secarse con la impiedad y la descristianización en muchas regiones.

Muchos sacerdotes han caído en el sin sabor de su ministerio, algunos han decidido abandonarlo, como se abandona el arado al ponerse en su punto el sol, cuando más lo necesitan abandona el pastor a sus ovejas para entregarlas al lobo; otros no lo han abandonado, pero se han quedado allí a recoger su paga como cualquier asalariado, han guardado la dracma esperando que llegue el dueño para decirle: “he tenido miedo, me he cansado, y aquella dracma que me has dado la he guardado en lugar seguro, tenla aquí está la que me has dado te la devuelvo” (Mt 25, 24). A juntos el Señor les dirá siervos inútiles, porque Él pide de nosotros una entrega generosa, una cruz cargada para soportar a diario, mirar hacia atrás nos convierte en indignos ante el Salvador, devolvernos a enterrar a los muertos, nos convierte en un muerto más, a los sacerdotes el Señor les ha dado más y por supuesto les exigirá más, al que tiene se le dará al que no se le quitara hasta lo que tiene; pero no desalentéis dice el Señor, “recuerden que si el mundo los odia, a mí me ha odiado primero” (Jn. 15, 18), eso es ser mártir, el que quiera ganar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí, la ganara.(Mt. 16, 25).

MÁRTIR Y PROFETA, UN DESAFÍO CADA VEZ MÁS MODERNO:

En el lenguaje del Divino salvador, hay que morir para nacer de nuevo, es necesario renacer a las posibilidades que el mundo de hoy ofrece, no caer en el pesimismo de la vida comunitaria, ni al relajamiento de la vida consagrada, es necesario “volver al amor primero” como lo dice el apóstol; es necesario que seamos hombres y mujeres injertados en el mundo, no plantas aéreas que no tienen raíces, es decir no podemos ser seres artificiales despejados de esta realidad, debemos ser retoños, sarmientos adheridos, hechos uno en la vid verdadera, Jesucristo; quien se desprende de Él o cree tener las fuerzas suficientes para hablar de sí mismo en vez del Evangelio, tiende a perderle sabor a su vocación, pierde la fe, racionaliza toda la palabra y a Cristo lo ve como un hombre cualquiera, citándolo sólo para fundamentar su tesis de amor propio y egoísta.

Repetir a diario: “Señor dame la gallardía para ser profeta y otórgarme la gracia de morir a diario para ser un verdadero mártir”

LA GALLARDÍA EN LA PROFECÍA:

Gallardía, porque nos da miedo anunciar a Cristo, nos da miedo gritar en las plazas que la hora se acerca y que es necesario preparar los corazones, la hora se acerca porque Dios viene todos los días a nuestro encuentro, porque es necesario estar despiertos y velando porque no sabremos ni el día ni la hora en que se nos llamará a pedir cuentas, gallardía porque es necesario comprender mejor los signos de los tiempos, para hablar desde esa realidad emergente al ser humano y dar respuestas prácticas y no desenfocadas. En el mundial de futbol 2014, muchos lloraban cuando su selección perdía, muchos salían a gritar a las plazas aullando de felicidad por que su equipo había avanzado hacia la copa, muchos desmanes sucedían en las calles, muchos jóvenes no les importaba morir en ese instante porque su corazón se regocijaba en un grupo de jóvenes que triunfaban, no ha título propio, sino por cada ciudadano de su patria; cómo nos hace falta cristianos de estadio, como nos hace falta hinchas de Jesucristo, como nos hace falta salir a gritar a las plazas que Cristo está vivo y que hoy corremos por una copa que es la vida eterna, un cristiano que “haga lio” como nos lo hacía saber el Papa Francisco, no es un lio de conflicto y de violencia, es un salirnos de nosotros mismo y con Jesús, hacer nuevas todas las cosas, cambiar paradigmas, cambiar estructuras que esclavizan al ser humano, hoy más que nunca el Evangelio sigue actualizándose en nuestra cotidianidad, no mostremos un Jesús ensotanado, anticuado, molesto o castigador, es un Jesús actual, que nos habla, no en latín, sino en nuestra lengua, que nos muestra su misericordia y su amor, que nos hace clamar a Dios, no con un nombre superfluo o inalcanzable, nos hace llamarlo Abba, es decir mi Padre, Dios no es cómo tu padre o mi padre, él es Nuestro Padre.

Jesús sale a nuestro encuentro mediante los sacramentos, no como unos meros requisitos burocráticos, ni mucho menos una colección de obras pías para alcanzar el cielo, en el encuentro pleno con Dios no nos pedirán los documentos en regla para entrar a su presencia, no se nos pedirá como requisito un pasaporte sacramental firmado por el obispo o por el sacerdote. No mostremos los sacramentos como un requisito, no seamos escueleros a la hora de trasmitir el conocimiento de Dios, que sólo se logra desde el amor y la propia experiencia, que los sacramentos se conviertan en un oasis de gracia, a donde sólo se puede llegar cuando verdaderamente se ha tenido una experiencia de Jesús, cuando se haya tenido una experiencia Mosaica, de salir de donde nos esclavizan, de tener nuestro paso por el desierto, de caminar hacia la casa de nuestro Padre, donde nos espera con los brazos abiertos, de reconocer a Dios por el paso en nuestras vidas.

Desde allí desde lo propio, desde una adecuada formación laical nos convertimos en verdaderos profetas, en verdaderos educadores del pueblo de Dios, pero si nos contentamos con los valores cuantitativos y con el deseo de aumentar en número las partidas que reposan olvidadas en el despacho parroquial, quedarán vacías las bancas que ocupan los fieles que buscan en los templos el calor de familia que sólo desde la Eucaristía se hace plenitud, al partir el pan reconocemos que somos un solo cuerpo compuesto de muchos trigos triturados por el mismo Molino.


MORIR A DIARIO:

Morir a diario implica tener una vocación de desprendimiento, de pobreza, un amor a la cruz, como la tuvo Jesucristo, que no tenía siquiera donde reclinar la cabeza, pero que su ardoroso amor por la humanidad lo llevo a la entrega sublime en el Gólgota, donde su cuerpo inerte reposó completamente, alzado como la serpiente en el desierto, de modo que todo aquel que lo observe quedará curado (salvado).
El misionero de hoy le huye a la mortificación, prefiere las comodidades de este pasajero mundo, moverse al ritmo del modernismo y el consumismo, hoy le huimos a la crítica, salimos corriendo frente a cualquier acto de rechazo a la Iglesia y salimos a refugiarnos en los brazos de nuestros grupos apostólicos, lamentándonos de aquellos que no han optado por seguir a Cristo.

El clérigo contaminado por la soberbia, busca que los mártires sean la comunidad, son ellos los que deben acomodarse al misionero y no el misionero a ellos, son mártires los fieles que han de soportar a un sacerdote con complejos de superioridad, con delirios de grandeza o con atributos divinos, que busca las mejores comodidades en su parroquia o en la misión; hoy debemos decirle al pastor, que se encuentra trepado en los arboles “Baja Nicodemo que hoy tengo que cenar en tu casa”(Lc. 19, 1-10), bájate de las comodidades y de los prejuicios que nos condenan a vivir aislados de la grey, bájate de sentirte Dios, y cena con el pueblo, bebe el trago amargo que toman a diario los que sufren, aliméntate con el pan fruto del sudor de los pobres, de aquellos que hoy se encuentran en las periferias.


FRENTE A LA COMODIDAD Y AL DESEO DE TENER:

El sacerdote del presente es como la vocación de Abraham, ha dejado todo, su familia, su casa, su pueblo y se ha ido al lugar donde Dios lo ha llamado, es decir a la vocación específica, pero Jesús ha pasado a revisar cuentas, ha pasado a visitar al sacerdote de uno, dos, tres años de ordenado y lo ha encontrado acomodado en la parroquia, en la casa cural, lo ha visto subir el vidrio polarizado de su automóvil, lo ha encontrado en el restaurante de moda, lo ha encontrado esquilando las ovejas, es decir lucrándose de ellas; y lo ha llamado como al Joven rico del evangelio, Jesús nos vuelve a decir, nos está diciendo ahora mismo: “anda y vende todo lo que tienes, ¡dáselo a los pobres! (Mc 10, 21) Y ya libre ven conmigo, vamos a buscar la oveja perdida” (Mt. 18, 10-14), pero hoy le seguimos contestando con el mudo silencio que desenamoro a Jesús, hoy los sacerdotes siguen sintiéndose triste porque tienen mucho y no lo pueden seguir, así que quedan con la mirada fascinada en el mundo, se van triste, porque la vocación de un sacerdote o de un religioso que sólo busca su bien propio es infeliz, es monótona.

Una vida sin ascetismo, sin virtudes, es una vida común a la de los hombres de este mundo, hoy necesitamos gritar a los sacerdotes las palabras de Jesús: “están en el mundo pero no pertenecen a él” (Jn. 15, 18-21), nosotros somos de este mundo quiere decir que tenemos los pies fijos en esta realidad, pero no pertenecemos, es decir, tenemos la mirada “fija en Jesús autor de nuestra salvación” (Hb. 12, 2).

Muchos problemas surgen desde los seminarios, muchos problemas se presentan en la etapa inicial de formación, es común que en un seminario o casa de formación existan problemas económicos, los curas y las monjas no viven de lo que les cae del cielo, muchos conventos por la escasez de vocaciones o por la falta de ingresos económicos, se han convertido en hoteles, fincas recreativas, casas de retiros, en fin, en establecimientos lucrativos, eso no está mal, el peligro es cuando nuestros seminarios se convierten en eso, cuando los seminaristas son monetizados, cuando los sacerdotes ven en los jóvenes aspirantes a las órdenes, no una vocación sino un gasto. En comida se gasta esto o aquello, en estudios son tanto y otro poco, en vestuario es un poco más, en definitiva cada seminarista nos sale por tanto; esto en el caso de las comunidades religiosas que tienen que solventar los gastos de sus miembros, en el caso de las diócesis cada obispo tendrá su propia forma de sostener su seminario.

Es necesario tomar conciencia de que todo en la vida tiene una valor económico, sí, claro que sí; pero no tenemos el derecho de crear en los futuros sacerdotes la mentalidad del consumismo y del mercadeo, de que se debe buscar cualquier forma de obtener ingresos, “no andéis preocupados por el vestido mirad el los lirios del campo… ni Salomón en toda su magnificencia pudo vestirse así” (Mt. 6, 27-29) La mentalidad económica ha entrado brutalmente a nuestros templos, los mercados persas han invadido nuestro lugar de culto, entramos a una Iglesia y encontramos: la urna para el mantenimiento de santa Escolástica, deposite su ofrenda aquí para los pobres, deposite su ofrenda aquí para la pastoral social, “ayúdenos a ayudar” aporte para la fundación tal, la ofrenda diaria, la venta de velones, la venta de medallas, el aporte para el mantenimiento del techo, del piso, de las sillas, el aporte para la cena pascual del párroco, el parqueadero, las velitas que prenden con una moneda; y podremos pensar en este mismo instante, cuantas otras cosas más tenemos en nuestros templos que hemos disfrazado de culto o de devoción cuando realmente son alcancías.

Pedir no está mal, nuestro divino Maestro, nunca desmonto el diezmo, ni tampoco negó “que todo trabajador merece su salario” (1Tim. 5, 18), pero los tiempos han cambiado a nuestro Señor, no le toco pagar los impuestos del carro, porque se transportaba a pie, no le toco mandar a quitar las goteras del templo, porque no tenía donde reclinar la  cabeza (Mt. 8, 20), tanto así que el primer templo cristiano fue una casa alquilada, que sirvió de morada para aquella noche nefasta en que nuestro Salvador sudo sangre de espanto. Empero nos hemos creado necesidades propias del mundo, tenemos que pagar la cuota del celular personal, la parabólica más costosa, comprar la ropa de marca, en fin cada uno piense cuantas cosas se adquieren y que son innecesarias.

Esto nos oscurece como mártires, nos cierra la boca para ser profetas, ya no somos como dice san Pablo, los últimos, los despreciados, los que pasamos hambre o sed, los que nos fatigamos, los perseguidos, los calumniados (1 Cor. 4, 10); ahora muchos son los príncipes, los primeros, los que persiguen, los que humillan, los que quebranta la dignidad del prójimo, ahora son los sacerdotes de hoy aquellos fariseos de la época de Jesús que alargaban sus vestidos, para pasar por encima del pueblo, ¡cómo nos hace falta volver a las fuentes! Volver al origen de nuestra fundación, volver a ser como los primeros cristianos que no cuidaban más patrimonio que los pobres, son ellos la herencia de la Iglesia, decía San Vicente de Paúl.

Hasta ahora hemos hecho un recorrido por las diversas circunstancias que aquejan la vida pastoral de hoy, son muchas más, son incalculables, pero lo que más atormenta a la Iglesia es la vida profética y mártir a la que estamos llamados, le estamos haciendo a un lado, nos estamos nuevamente aburguesando, como sucedió en Francia antes de la Revolución francesa, mientras el rey, la nobleza y el clero se ostentaban con los lujos de este mundo, los pobres morían de hambre, hasta que la prole arremetió contra la Fe y la Ley porque estaban contaminadas de Fantasía e injusticia. “Allí donde está tu corazón allí está tu tesoro” (Mt. 6, 21) ¿está en el mundo, o está en Dios?

El justo medio, nos lleva a no ser ni tan miserables que no merezcamos ser escuchados, ni tan poderosos, que no seamos creíbles cuando hablemos de los valores de reino; con el papa Francisco hemos empezado un camino lento, es verdaderamente lento, es desintoxicación, de desacomodación, de replanteamientos, de volver a ser pobres “quiero una Iglesia pobre y para los pobres”, no sabemos si lo logrará, si lo dejaran, o sí sus sucesores continuaran este legado que él ha comenzado, pero convirtamos nuestro propio vaticano en una parroquia de puertas abiertas, vayamos al encuentro con el pobre, aquel que pide frente a nuestras Iglesias, que está herido y al que el Estado debe atender por derecho, vamos a defender a aquellos que están siendo desalojados injustamente, a los presos que necesitan ser escuchados, las viudas que necesitan ser consolados, vamos a hablar por los que no tienen voz, por los desplazados, los inmigrantes, vamos a “dejar a Dios por Dios”, vamos, convirtámonos en mártires y profetas para nuestros tiempos.

Fin.


viernes, 18 de julio de 2014

LA PERFECCIÓN Y LA SANTIDAD EN LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN, SEGÚN EL ESPÍRITU DE SAN VICENTE DE PAÚL.

LA PERFECCIÓN Y LA SANTIDAD EN LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN, SEGÚN EL ESPÍRITU DE SAN VICENTE DE PAÚL.
Por: ANDRÉS FELIPE ROJAS SAAVEDRA


JUSTIFICACIÓN:

Hoy muchos medios nos llaman a vivir una vida desordenada y en contra respuesta al mandato de Jesucristo de ser santos como nuestro Padre del cielo es Santo, el mundo del pan sensualismo hacer ver el valor de la virginidad, la castidad y el celibato como algo de locos, y el mundo del consumismo nos critica la forma de vivir pobre. Pues bien estos consejos evangélicos nos llevan a vivir una vida perfecta base fundamental para el ministerio y el apostolado con los pobres, pues no hay evangelio más elocuente que el propio testimonio. Para san Vicente esto era algo sumamente importante, tanto que, es uno de los tres principios de la Comunidad, “dedicarse a la perfección propia, tratando de practicar en la medida de sus fuerzas las virtudes que este supremo maestro nos quiso enseñar de palabra y con ejemplo” (RRCC 1).
El problema de la Iglesia moderna, radica principalmente en la relajación del clero, en la práctica de la virtud y en el celo por cuidar la propia vocación, hoy se encuentran alrededor del mundo católico numerosos escándalos que afectan la credibilidad de la Religión con más seguidores en el mundo, hoy por culpa de esos malos sacerdotes se desvirtúa el evangelio y se pierde la siembra que muchos buenos sacerdotes en el pasado y en la actualidad han trabajado con todos los esfuerzos.

Como dice una canción, hoy la única Biblia que se lee, es el propio testimonio, ese resulta ser para nuestros tiempos la primera página que el fiel contempla, la primera Biblia a la que el piadoso se entrega, un buen testimonio habla más que mil discursos altivos de Justicia y Santidad. No se puede justificar la humanidad de un sacerdote con el mal ejemplo y mal servicio, el sacerdote debe esforzarse día y noche por ser agradable a los ojos de Dios y de los hombres, sino, no sirve para el pueblo de Dios, “todo árbol que no dé frutos será arrancado”. Ser santos, es la invitación de Cristo, el llamado constante a ser misericordiosos como nuestro Padre del Cielo es Misericordioso.

INTRODUCCIÓN:

Este trabajo busca exponer de la forma más clara, con ayuda del pequeño método de san Vicente y basado en sus numerosas conferencias y en las reglas comunes, qué significa la perfección, qué motivos hay para lograrla y que provecho sacaremos con ella. De esta forma hacer una invitación a todos los miembros de la comunidad a trabajar por la santidad como regla fundamental para su vida misionera.

Este trabajo también explicará los valores encontrados en llevar una vida recta, según los designios de Dios y cómo afrontar el mundo moderno que nos lleva a prácticas lejanas a la caridad y el amor propio.

Para San Vicente la forma de vivir la espiritualidad y de trabajar era muy distinta a la concepción de la Iglesia después del Concilio Vaticano ¿en qué ha cambiado? La expresión de vivir en perfección es también distinta para las culturas no francesas y fuera de eso los valores religiosos de trescientos años hacia acá han cambiado en gran manera.

¿Cómo podemos actualizar el mensaje vicentino para las nuevas generación de misioneros? Las palabras de Cristo son tan actuales como hace dos mil años, pues “cielo y tierra pasarán más mis palabras no”, así mismo en el Espíritu Vicentino si la comunidad quiere vivir una autentica espiritualidad vicentina ha de remontarse a las fuentes y actualizar el deseo de su santo Fundador.


PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA:

Hoy en muchos seminarios, debido al influjo negativo del mundo, se ha perdido el interés por la propia auto perfección y la búsqueda de ideales de santidad, debido a lo superfluo y pasajero que ofrece el mundo. Hoy nuestras sociedades se interesan más por una felicidad inmediata, donde la mortificación y la penitencia han pasado a ser algo de locos o fanáticos religiosos, los valores cristianos se han deteriorado de tal manera que hasta en las esferas y venas de los claustros ha entrado confundiendo y lastimando a quienes viven en ellos.
Para muchos cristianos el martirio no es una opción de amor, ni mucho menos la defensa ni la demostración de amor a Cristo y a la Iglesia, hoy nadie piensa en ello, hoy se niega ser Cristiano y por consiguiente amar a Cristo en los grupos sociales, en el colegio en el trabajo, todo para asegurar un bienestar y un estatus diferentes, pues en la concepción general el ser cristiano es sinónimo de debilidad e inseguridades, creer hoy en Dios es ser supersticioso, creer en cosas mágicas y ser un fantasioso. Pero hoy más que nunca nos corresponde a nosotros fieles testigos del amor de Dios como seminaristas o sacerdotes demostrar al mundo que todavía existe una razón para morir y vivir: Jesús.

1.      CONTEXTO HISTÓRICO,  RELIGIOSIDAD DEL SIGLO XVII

A través de la historia la práctica religiosa ha cambiado drásticamente, tal vez los saltos dogmáticos han sido lentos, es decir en cuestión de interpretación o teoría no ha cambiado mucho, aún se conservan las interpretaciones agustinianas o tomistas; pero la forma con la que nos acercamos a Dios o practicamos nuestra religiosidad ha cambiado y sigue cambiando en la actualidad.

Es necesario, para comprender a los santos del pasado, analizar las diversas formas de vivir o practicar la piedad popular, la vivencia Eucarística, el sentido del pecado, las practicas penitenciarias. En fin todos aquellos elementos que constituían el actuar diario de los clérigos y laicos católicos.

La religiosidad, es la práctica espiritual de los códigos éticos y morales enseñados por la Iglesia, se pueden considerar diversos grados de religiosidad unos más lapsos que otros, algunas prácticas más dogmáticas, otros más moralistas, pero en esencia la práctica no diverja de una Teo-visión generalizada, basada en las interpretaciones modernas de teólogos de fama mundial. Para el orbe católico son muy importantes las interpretaciones que da la Iglesia Católica a través del soberano Pontífice, por medio de sus documentos papales, encíclicas, etc. Sin lugar a dudas el cambio de religiosidad más grande de todos los tiempos, se gestó con el solemne Concilio Ecuménico Vaticano II, la más grande acción del Espíritu Santo en el siglo XX.

La Espiritualidad Eclesial que estaba “de moda” en tiempos del Padre de la Caridad Universal, era la inspirada en el Concilio de Trento, que invitaba a todos los clérigos a mejorar el estado del pueblo sacerdotal y al trabajo con los seminarios. 

Este primer capítulo tiene dos ramas, en primer lugar una visión de la fe en Francia en el siglo XVII y en segundo lugar el aporte de San Vicente.

1.1.ESPIRITUALIDAD FRANCESA DEL SIGLO XVII:

La escuela de espiritualidad francesa fue fundada en el siglo XVII por el excelentísimo cardenal Pière de Bérulle, de quien san Vicente hace mención en muchas conferencias y cartas. El ardor y la piedad de la época llenaría de fuego los corazones de grandes fundadores franceses entre ellos: San Juan Eudes, san Francisco de Sales, san Juan Bautista de la Salle, Juan Jacobo Olier y por supuesto San Vicente de Paúl.
La Hija amada de la Iglesia, como era conocida Francia, daba grandes santos a la Religión Católica, y la mirada de los papas se centrarían en estas tierras Galas, pues bien, el deseo más augusto de estos hombres era agradar a Dios en las prácticas de las virtudes y las máximas evangélicas, no se puede negar que para la época existía un fe ciega entre el pueblo que era sometido por los reyes y por el clero aristócrata de aquellos tiempos, que muchos sacerdotes buscaban el jugoso sueldo de una parroquia y que por la falta de formación, algunos de ellos, eran los más ignorantes de la fe.

Cuán grande era la necesidad de volver a las fuentes y encender los corazones como hizo Jesús camino a Emaús, cuando les enseñaba las escrituras y partía con ellos el pan; el Oratorio, la obra del cardenal Bérulle, fundada el 11 de noviembre de 1611, era aquel merecido intento por hacer crecer la fe de los hijos primogénitos de la Iglesia, los sacerdotes. Vicente conoció el oratorio en el mismo año de su fundación, pero jamás se haría Oratoriano, aunque recibió gran formación espiritual[1] el Padre Bourgoing, quien sigue los pasos del cardenal, abandona su parroquia en Clichy y se la traspasa a San Vicente de Paúl quien toma posesión de ella el 2 de mayo de 1612[2].

Con Bérulle san Vicente, tendría unos lazos de amistad muy estables, gracias a él conoció a los Gondi, aquella admiración que san Vicente tenía con el Cardenal, lo demostraba en algunas de las conferencias a sus hijos: “hay que estudiar de forma que el amor corresponda con el conocimiento, sobre todo en los que estudian teología como hacia el señor cardenal de Bérulle, el cual tan pronto como había concebido una verdad, se entregaba a Dios o para practicar tal cosa, o para entrar en esos sentimientos”[3]

La espiritualidad francesa era conocida con el apelativo de Cristo-centrismo del siglo XVII, el Amado era de tal forma ensalzado en aquellas nobles almas que la necesidad de Dios se hacía cada vez más fuerte, era como un vicio había “que moderar a los que  tenían demasiado fervor para que no se excedieran”[4]. Jesús no era solamente el camino, modelo, ejemplo, no estábamos simplemente en contacto con él, sino que somos uno con él, la configuración total con la persona de Cristo, había que permanecer en el amor “Como el Padre me ha amado, así les he amado yo; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”[5]. Una total adhesión a los designios de Dios sobre el hombre, es de resaltar que esa espiritualidad no era para todo el pueblo laico, era sólo para los clérigos y las familias aristocracia.

Para la época en las tierras Gálicas, se vivía un intenso fervor por la doctrina y las Sagradas Escrituras; la pureza de costumbres, la perfección de las obras, era el juego cristiano de la nobleza, mientras los pobres, los campesinos, morían en la total ignorancia de las cosas cristianas. Era muy normal y corriente que en familias donde había sido sembrado el catolicismo se guardarán ciertas prácticas fervorosas, el rezo del ángelus, la oración antes de los alimentos y la comunión por lo menos una vez al año[6]. Las familias nobles tenían preceptores para la formación de sus hijos y para la confesión casi diaria, un claro ejemplo la familia Gondi cuyo preceptor fue San Vicente de Paúl.
La piedad popular estaba en su culmen, pero dentro del clero corrupto yacían las tinieblas de la vanagloria y la incursión de sus miembros en asuntos políticos, pocos eran los sacerdotes que se sabían las formulas de la absolución, que sabían latín, que se preocupaban por la formación del pueblo de Dios, por la práctica de la caridad y por el deseo de justicia y retribución a los hombres hambrientos, la religión de muchos clérigos era ensimismada en prácticas de pureza a nivel personal, mientras que el pueblo reclamaba con insistencias la ayuda de sacerdotes para solventar la sed de justicia.

Es claro hasta el momento que el deseo de santidad era más fuerte en el pueblo noble o en los sencillos campesinos que guardaban practicas piadosas fruto de las misiones o de las predicaciones de celosos sacerdotes. Que en muchos sacerdotes existía un relajamiento, que los padres conciliares habían querido frenar desde Trento, pero que el mensaje no estaba totalmente difundido, que la espiritualidad se experimentaba desde diversos grupos.

Existían temas heréticos para la época de San Vicente que tocaron al santo, y que el criticó en gran manera,  para eso tiempos existía el movimiento Jansenista, en el que se sostenía que las almas ya venían predestinadas para ser salvadas o condenadas, San Vicente consideraría este movimiento como el peor mal de la Iglesia y daba gracias a Dios por haberlo librado a él y a la compañía de tan terrible mal, que ya había sido condenado por la Santa Sede[7].

1.2.LA ESCUELA DE SAN VICENTE DE PAÚL:

Para San Vicente el hombre tenía dos caras, como una moneda, en una se podía vislumbrar la apariencia desastrosa de miseria y abandono, por la otra el Rostro de Jesucristo; era para el santo una espiritualidad de vuelta a la misericordia y a las raíces del cristianismo, dejar una fe ensimismada para darla a conocer a los demás como el mismo decía: “No me basta amar a Dios sí mi prójimo no lo ama” he aquí la síntesis del espíritu vicentino, encarnar el Espíritu de Jesucristo, tal como nos lo recordaba la escuela Espiritual Francesa, pero iba más allá, era un cambio total.

Un adhesión a la persona de Cristo, implicaba no sólo ser como él en los momentos de oración en el monte de los olivos, ni apartados en la montaña meditando con el Padre; no era simplemente imitar los dolores y padecimientos de Cristo en la Cruz, como popularmente se hacía en esos tiempos con las prácticas de mortificación corporal, en conclusión no era morir como Jesucristo simplemente:

“Acuérdese, Padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo, por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo”[8]

La espiritualidad de San Vicente era totalmente cristocéntrica, no es una espiritualidad aislada ni desconectada de la realidad, no era una devoción de bolsillo, tanto así que para San Vicente la devoción particular de los santos no constituyen un lugar especial en sus discursos y conferencias, aunque si los nombra repetidamente e invita a orar para que ellos alcancen sobre las obras su gloriosa intercesión, son la Santísima Virgen María, san José, san Francisco de Asís, san Francisco de Sales entre otros, personajes que repetidamente mencionan en sus conferencias, por supuesto que este último san Vicente lo llama, “nuestro bienaventurado padre” es de destacar que a él le toco ser entrevistado en la documentación para la futura canonización del obispo.

Revestirse el espíritu de Jesucristo evangelizador de los pobres, el llamado vicentino es claro, ir a llevar la buena noticia a los pobres a los que encontramos en la calle desprotegidos y abandonados, San Vicente le decía a las Hijas de la Caridad que si un pobre llamaba a la puerta era necesario dejar la oración y salir a su encuentro,
“Por ejemplo, llamarán a la puerta mientras hacéis oración, para que una hermana vaya a ver a un pobre enfermo que la necesita con urgencia; ¿qué hay que hacer? Será conveniente que vaya cuanto antes y que deje la oración, o mejor dicho que la continúe, ya que es Dios el que se lo manda. Porque, mirad, la caridad está por encima de todas las reglas y es preciso que todas lo tengáis en cuenta. La caridad es una gran dama; hay que hacer todo lo que ordena. Por tanto, en ese caso, dejar a Dios por Dios. Dios os llama a hacer oración y al mismo tiempo os llama a atender a aquel pobre enfermo. Eso es llama dejar a Dios por Dios”[9]

Con ocasión de las guerras vividas en los reinos católicos, san Vicente hace un llamado a orar por la paz, y aparece una espiritualidad profunda en el misterio de los pobres: “es entre ellos, entre esa pobre gente, donde se conserva la verdadera religión, una fe viva; creen sin necesidad de escudriñar”[10]
El aporte de san Vicente a la Espiritualidad y la vivencia de la perfección, es el sentido cristocéntrico que sale de sí mismo para ir al servicio del otro, es una oración contemplativa en el trabajo por lo más pobres. La santidad no consiste en el ensimismamiento, o en la oración interna, en la predicación a los mismos que ya conocen, pues Jesús ha venido a atender a los enfermos, pues los sanos no necesitan doctor. “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.”[11]

La experiencia de santidad de san Vicente, no comenzó, como dicen alguno de sus biógrafos desde la infancia; algunos quieren mostrar al campesino como un niño con intensiones fijas, que paso por su vida sufriendo y alcanzó la glorificación. El Padre Román, uno de sus biógrafos, lo ha mostrado más humano, lejos de la literatura que caracterizaba a la época medieval, donde los relatos de los santos son grandes y majestuosos, santos que hablaban con animales, que se elevaban, que hablaban en lenguas, que tenían revelaciones místicas, que tenían omnisciencia.

Vicente es un santo más de nuestra época que vivió sin necesidad de grandes milagros y prodigios, no tuvo necesidad de vislumbrar a sus oyentes con estigmas u otras expresiones místicas, no fue un San Antonio de Padua, o una Santa Rita de Casia, él fue un sencillo sacerdote que quiso tener de amigos a los pobres.
San Vicente tuvo tentaciones, cometió muchos errores en su juventud, fue un sacerdote egoísta, interesado por el dinero, pero cuando el Señor lo llamó, transformo su vida, fue ese lapso un Damasco para su historia personal que transformo la visión de la caridad en todo el mundo. La santidad no consiste en no cometer pecado sino en tener el corazón dispuesto a acercarse a Dios. “La gran bondad de nuestro Señor, que acogía a todos los penitentes en cualquier tiempo que se presentasen”[12]

El noble sacerdote, vio la necesidad de Vaciarse de Uno mismo de dejar a un lado las cosas que no eran gratas a Dios, “cuando un corazón se vacía de sí mismo, Dios lo llena; Dios es el que entonces mora y actúa en él; y el deseo de la confusión es el que nos vacía de nosotros mismos; es la humildad, la santa humildad; entonces no seremos nosotros los que obraremos, sino Dios en nosotros, y todo irá bien”[13].

Luego es necesario Revestirnos del Espíritu de Jesucristo que quiso hacerse pobre para enseñar a los hombres el verdadero sentido de la vida, lejos de preocupaciones de este mundo pasajero, “Esta pequeña Congregación de la Misión, pues quiere imitar en la medida de sus pocas fuerzas al mismo Cristo, el Señor, tanto en sus virtudes cuanto en los trabajos dirigidos a la salvación del prójimo”[14] y finalmente no nos quedamos allí en la contemplación o la oración del Maestro solitario en la montaña, es necesario pues, salir a Evangelizar, llevar la buena nueva a los pobres. “Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente” (San Vicente de Paúl, frase).


2.      EL EXPERIENCIA ESPIRITUAL DE LA CONGREGACIÓN.

El libro de cabecera de todo cristiano es la Palabra de Dios, inspirada por el Espíritu Santo, legado espiritual de los Profetas y Escritores Sagrados para el Pueblo de Dios; el Libro más publicado y editado, traducido a todos los idiomas conocidos en el mundo, venerado en dos grandes Religiones el Cristianismo y el Judaísmo, Obra de Dios con pulso de hombre, el gran Diccionario de conducta, la enciclopedia de nuestro antepasados, en él se contiene lo inefable, la regla de Conducta, la norma de vida y la experiencia de teofanía del mundo.
Para San Vicente la Palabra de Dios era el centro de su predicación, era la síntesis de la Salvación y el mensaje central para transmitir en las misiones, era el elemento primero e indispensable para el itinerario de un Misionero. Era también el motivo para amar a Dios, haciendo una lectura diaria de un capítulo del Nuevo Testamento[15]

La Biblia era la principal experiencia espiritual, modo de vivir santamente, y norma de perfección para la Congregación de la Misión. El Glorioso Santo propone a la comunidad una forma muy peculiar para la época de hacer, lo que hoy podemos llamar una Lectio Divina.
1.      Adoración, adorando la verdad que ella nos ofrece.
2.      Entrar en los sentimientos con que las pronuncio nuestro Señor y aceptar esas verdades.
3.      Resolverse a la práctica de esas mismas verdades. [16]

La experiencia religiosa de San Vicente es contemplativa, aunque el santo nunca haya tenido ninguna experiencia mística o alguna revelación, salvaguardando la visión de los tres globos, o la glorificación de Francisco de Sales y Juana Chantal, quien él mismo interpreto de esa manera. Para la época no era tan común las apariciones marianas[17], ni mucho menos de nuestro Señor, no eran tan conocidos los casos de estigmas[18] y la Iglesia para la época era muy recelosa en la aprobación de lugares para el culto, podía tardar hasta 200 años en ser considerada como verdadera una aparición. Estas visiones de místicos se intensificarían de una manera incalculable a finales del siglo XIX y todo el siglo XX.

Podemos también deducir gracias a las diversas conferencias, que en la Congregación eran muy populares las prácticas de mortificación, las lecturas diarias de un pasaje Bíblico, las lecturas espirituales en el comedor, el silencio recogedor en todos los ambientes menos en el recreo (que regularmente era de media hora, una hora al día, en el que se debía hablar con voz baja), lo capítulos de culpa, la repetición de oración, las conferencias de los martes, la eucaristía diaria, el oficio de lectura y todas las salmodias (laudes, vísperas, nona, tercia, sexta, completas, maitines), en fin otras prácticas religiosas que dejaban entrever una fuerte experiencia de oración en la congregación es sus primeros inicios y hasta no hace más de 70 años.
El segundo libro de cabecera para el misionero vicentino son el legado espiritual de San Vicente, las Reglas Comunes: “He aquí por fin… Pues ya han pasado casi treinta y tres años desde que se fundó la Congregación, y aún no os las habíamos entregado impresas. Pero hemos procedido así, primero por imitar a Cristo salvador, que antes empezó a actuar que a enseñar”[19]. Son la manifestación escrita de una experiencia espiritual trabajada por más de treinta años, como lo dice san Vicente; en ella están las normas de vida dentro de la congregación, hoy por supuesto que no tienen aplicación literal en las comunidades modernas, pero la esencia del espíritu Vicentino continua intacto, esto quiere decir que así como son la imitación de cristo para los monjes, es así mismo las Reglas Comunes para un Misionero de la familia espiritual de San Vicente.

¿Cuál es el principal fin de la Congregación? “Dedicarse a la perfección propia, tratando de practicar en la medida de sus fuerzas las virtudes que este supremo Maestro nos quiso enseñar de palabra y con el ejemplo”[20]; en poca palabras ser santos, santificarse dentro de la congregación debe ser el principal objetivo para el miembro de la compañía, si no se es santo, no se puede continuar la obra evangelizadora, pues la Biblia más leída para el pueblo, es el testimonio.

6.1   LA MISIÓN,  CAMPO PARA VIVIR LA SANTIDAD.

Muchos monásticos y abades de épocas anteriores y contemporáneas a san Vicente, he incluso movimientos conservadores de la Iglesia en la actualidad, que viven en sumiso silencio y eternamente contemplativos, encerrados en sus monasterios, dando el aliento a la Iglesia por medio de su oración, han pensado y piensan que su forma de vida es la más cercana a la santidad que propone Jesucristo.

Pero para san Vicente el gran hombre del siglo XVII, la santidad también se lograba en el campo, con los pobres, en los menesteres de la casa y el seminario, en medio de los que sufren, en la misión.

La Misión era para San Vicente como para la Congregación hoy, una prolongación o un espacio de más intensidad apostólica, no es un espacio aislado, no es un momento de relajamiento, ni mucho menos un periodo de vacaciones, las misiones eran y son el espacio vital para la Congregación, así como el médico logra su profesionalidad y experiencia dentro de un hospital atendiendo enfermos, así como el profesor logra su estatus y reconocimiento ejerciendo su maestría con los estudiantes, es igual para el misionero vicentino que se desarrolla plenamente en su campo de Misión pues para ello es enviado en nombre de la Congregación y de la Iglesia Universal.
Para aquellos misioneros que por diversos motivos no podían salir a Misión y se quedaban en casa, san Vicente los invitaba a orar por aquello lugares de misión, la tarea contemplativa y entregada a la oración suplía de alguna manera las ansias de evangelizar que tenían los sacerdotes y hermanos que no salían de las fronteras de París a llevar el Evangelio, pero también era necesario experimentar esa laboriosidad en cada uno de los pequeños lugares donde se vive.

“Lo que les he dicho a los padres, os lo digo también a todos vosotros, hermanos; no creáis que estáis libres de la obligación de trabajar por la salvación de los pobres, pues también vosotros podéis hacerlo a vuestro modo también como los mismo predicadores y con menos peligro”[21]

Ahora bien, la misión es un lugar privilegiado, es la realización plena del oficio de Jesús quien fue enviado por el Padre para anunciar la buena Nueva del Reino, son las primicias de la cosecha las que se riegan y recogen, más aún la Misión es la acción del Espíritu Santo que va santificando las obras que salen de las manos de los misioneros.
“Qué dicha para nosotros, los misioneros, poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como trabajamos por la instrucción y la santificación de los pobres”[22]

Un crecimiento humano y espiritual puede vivenciarse en la Misión, puede dar buenos frutos y puede convertir la vida del misionero, pero San Pablo advierte que hay que tener cuidado, que en la tarea de salvar almas, se pierda la propia; la evangelización no es una tarea unidireccional, es un trabajo retroalimentativo, el misionero actualiza el mensaje Cristiano para la Cultura y para su tiempo y ellos a su vez le ofrecen un testimonio de vida que se va transformando de acuerdo al mensaje Evangélico que reciben.

El misionero debe llevar una vida santa llena de testimonio, llena de un ferviente amor por lo que predica y lleno por supuesto del Espíritu Santo, si no se es coherente con lo que se dice, la gente vera en el misionero un mal testimonio y es allí donde el no ser santo puede llevar a escandalizar a los pequeños en el Reino y más valdría, entonces, colgarse una piedra de molino al cuello y echarse al mar.

Evitar el relajamiento durante la misión es la primera recomendación que san Vicente hace a los misioneros, guardar todas las actividades corrientes: horario de levantada, oración, Eucaristía, capítulos de culpa, etc.[23] Se debe tener en cuenta que las misiones eran de varias semanas hasta de varios meses.

Salvar almas, es el principal objetivo para el misionero en tiempos de San Vicente, la misión consistía en enseñar el catecismo, aplicar los sacramentos e instruir a la gente en temas de moral, hoy la misión puede entenderse como un “acercar a las personas a Dios” llevarlos a vivir una experiencia Cristiana más intensa en sus vidas. Por supuesto que la salvación es reciproca los misionados se van santificando con la práctica de lo que escuchan en las predicaciones y a su vez el misionero se santifica por la obra que realiza por el bien de la Iglesia.
3.      LA SANTIDAD UN LLAMADO ACTUAL.

Jesús hoy sigue llamando a cada vez más misioneros a la Congregación de la Misión para que en ella logren su propia santificación, hoy la crisis de la Iglesia no es tanto de doctrina, sino de testimonio, algunos sacerdotes que no han sido testigos de Dios en su actuar y que han provocado escándalos dentro de la Iglesia, ha sido causa de la perdida de fe de muchas personas, que veían en el sacerdote un referente de Jesucristo.

La máxima cristiana más conocida “por sus frutos os conoceréis” resulta cuestionante para estos tiempos, donde el árbol es seco y sus frutos no son buenos, el S.O.S para la Iglesia es: que se necesitan sacerdotes y no simples sacerdotes sino “santos y sabios” como lo dice San Vicente de Paúl. Hoy el pueblo de Dios no busca elocuencia busca testimonio, un testimonio de santidad, un hombre como San Pio, el sacerdote italiano que cautivaba almas para Dios con sólo su testimonio; para la actualidad un Hombre como el Santo Padre Francisco que en sus escasos año y medio de pontificado se ha sabido robar el corazón de miles de católicos.

3.1.            EL TESTIMONIO DE LOS MÁRTIRES Y LOS SANTOS VICENTINOS.

Ha sabido Dios dar a la Compañía hombres llenos de Espíritu Santo que han pasado por la escuela de San Vicente, alguno de ellos santos otros beatos, venerables o sacerdotes, hermanos y hermanas de buena memoria que han quedado impregnados en el corazón de las nuevas generaciones de Misioneros.

Ellos hablan hoy más que nunca he invitan a sus co-hermanos a imitar las máximas que los llevaron a ellos en los altares. Los modelos de santidad en la Comunidad son claros, para los misioneros esta su beneplácito padre San Vicente de Paúl, imitarlo a él es continuar con el legado vicentino que atraviesa hoy fronteras llegando a más de 160 países en el mundo, anunciando a los pobres el Evangelio y la buena nueva. Para las Hijas de la Caridad esta la mujer, la madre, la viuda, la superiora, la mística y la inteligente Señorita le Gras, cuya cooperación con la obra vicentina y su proyección al futuro dio el impulso a las Hermanas Vicentinas y la llevaron a ser conocida como la Santa Patrona de las obras sociales, Santa Luisa de Marillac.

Pero con casi 450 años de historia, la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad, han suscitado dentro de la Iglesia centenares de buenos hombres y mujeres, algunos de ellos han sido santificados por el bautismo de sangre.

La santa del Silencio, cuya figura aparece eclipsada a lo largo de la historia y cuyo nombre no es tan resonado ni mencionado como el de la jovencita Bernardita, o Juan Diego, o los Niños de Fátima. Se ha convertido en la verdadera testigo del amor Maternal de la Milagrosa, la advocación más conocida y propagada en el mundo, que con la medalla es la segunda en importancia y una de las pocas aprobadas legítimamente por la Santa Sede.

Catalina Labouré, es todavía un nombre desconocido para muchas personas que portan la Medalla Milagrosa, algunos ni siquiera saben en qué país surgió, pues bien ella misma ha dicho: “la Santísima Virgen me ha tomado a mí, que no se nada, para demostrar que el mensaje de ella es auténtico”[24].

Han surgido tantas buenas obras dentro de las Hijas de la Caridad, que se han ganado el amor de la Reina del Cielo, cuando ella misma ha manifestado: “amo a la Comunidad intensamente”[25], Ella, la Mujer coronada de 12 estrellas, ha dado el impulso místico y mariano a la Congregación, todos los sacerdotes y las hermanas a partir de la época se convirtieron en fieles propagadores de esta santa Devoción, entre ellos el Gran Obispo de Etiopia, Justino de Jacobis.

La Santísima Virgen también ha pedido a santa Catalina que las dos comunidades (Hijas de la Caridad y Congregación de la Misión) observen la regla y sean fieles al Espíritu de Jesucristo, es un llamado de atención de la Madre que ha visto como después de la Revolución francesa los vicentinos se han dado al relajamiento.

Sacerdotes, hermanas y hermanos, entregados hasta la muerte y testigos de la caridad, han sido los vicentinos que no renunciaron a su fe a pesar de que por ello perdieran su vida, que aunque en esta vida fueron despreciados y considerados como ignorantes al preferir la muerte, en el cielo gozan ya de la corona del martirio que les ha permitido blanquear sus túnicas y entrar al paraíso.

En España con los casi 57 vicentinos, sin contar los miembros de la AMM[26] y SSVP[27] que también fueron asesinados, y que fueron reconocidos como beatos por la Iglesia Católica en el 2013 en Tarragona. En Francia, con las Mártires Vicentinas de Arras y Angers, o los cinco Padres que fueron beatificados por entregar su vida durante la Revolución Francesa. En Etiopia por ser fieles a la verdad fueron condenados al exilio el Obispo ilustre de Jacobis y su discípulo sacerdote Ghébra Miguel. En Brasil la Beata Sor Lindalva Justo de Oliveira que conservo su virginidad para gloria del Evangelio. Y así en muchos otros lugares del mundo, grandes hombres y mujeres que de una forma admirable ha dado testimonio de su fe.

3.2.            MENSAJE FINAL

Para las nuevas generaciones de vicentinos y vicentinas, el llamado es claro, se logra la santificación dando testimonio y llevando el Evangelio a los corazones de los hombres que todavía no han tenido una experiencia transformadora en su encuentro con Jesucristo.

Es necesario transformar el mundo desde la habitación y el lugar que se habita, marcar la diferencia entre el mundo de afuera y lo que se vive dentro de los claustros, de forma que ese amor que se va agrandando pueda salir de allí como torrentes de agua viva para alimentar a las personas que buscan por el mundo el Agua de la vida eterna, Jesús.

Los modelos de bienestar que la sociedad ofrecen hoy, son opuestos a la gracia santificante a la que Dios llama, por un lado la comodidad y la facilidad, cierran las puertas a obedecer el legado Cristiano de tomar la cruz de cada día y seguirle con firmeza a pesar de las crisis que se presentan a diario.

Por otro lado el sensualismo y el deseo sexual desenfrenado, quieren demostrar que hoy es imposible llevar una vida casta o célibe y quienes miran desde esta realidad pueden pensar que quienes se entregan a esta práctica son enfermos o anormales.

También está el consumismo que enseña que hay que tener más para ser feliz, y muchos sacerdotes y religiosas se han infectado de este mal que ha transformado su concepción del voto de pobreza.

El Problema de lo pasajero y lo momentáneo no permite a los entregados concebir una opción de vida hasta la muerte; en fin hay muchas situaciones actuales que son adversar a los consejos evangélicos.

El mensaje es claro, cuidar y cultivar la vocación, preservarla de los peligros externos que la infectan y la desfiguran, no se puede concebir un estilo de vida adaptado al modo de ver personalmente, ni mucho menos configurado a nuevas creencias opuestas a la Iglesia, cuando se es miembro de la Fe Católica se debe ser también en el actuar y en el pensar. Hay un solo magisterio y un solo Señor Jesucristo para llevar a la unidad y a la perfección al cuerpo Místico del divino Fundador que ha bien ha querido “que todos sean uno, como tú Padre, estás en mí y yo en ti”[28]

Finalmente el legado de Jesucristo y la invitación que todavía resuena en cada corazón verdaderamente cristiano, “Sed pues santos, como vuestro Padre del cielo es Santo”[29] trabajar para construir un mundo más justo y en paz es obligación de todo bautizado, no se puede ser santo hoy, sabiendo que hay muchos que mueren ignorando las verdades de Fe, no se puede ser santo hoy encerrado y ensimismado cuando hay muchos que necesitan una mano amiga, vencer el individualismo y trabajar por la mutua cooperación, buscando siempre el bien común aseguran la santidad del mañana y en la eternidad escuchar las palabras más alentadoras de la existencia:

“Venid Benditos de mi Padre”








[1] Diccionario Vicenciano cap. IV año 1611
[2] Ibíd.
[3] Conferencias a los Misioneros. Ed. CEME, n° 32.
[4] Ibid. 158
[5] Juan 15, 9-10
[6] El Concilio de Trento había establecido ya unos años antes que los católicos deberían comulgar por lo menos una vez al año especialmente en cuaresma o pascua.
[7] Conferencia a los misioneros N° 77
[8] Obras Completas T. XI, 207
[9] Ibíd., IX 1125
[10] Conferencias a los Misioneros N° 125.
[11] Marcos 2, 17.
[12] Conferencia a los Misioneros, 8
[13] Obras Completas, XI 207
[14] RRCC 1
[15] Conferencia a los Misioneros 1265 y 706
[16] Ibíd., 16
[17] La más famosa para la época había ocurrido en 1531 en el cerro del Tepeyac en México, pero en Francia se desconocía el hecho y san Vicente nunca llego a hacer mención alguna, además el relato más popular de México fue escrito 100 años más tarde.
[18] El más famoso estigmatizado fue San Francisco de Asís, aunque se mencionan otros místicos del siglo XV y XVI con estas cualidades.
[19] RRCC, Preámbulo.
[20] Ibíd., cap. I.
[21] Conferencias a los Misioneros 41
[22] Ibíd.  1254
[23] Ibíd. 3
[24] Relato autobiográfico de las apariciones de la Virgen en la Rué de Bac. Texto realizado para el padre Aladel su confesor.
[25] Palabras de la Santísima Virgen en la noche del 18 de Julio de 1830.
[26] Asociación de la Medalla Milagrosa.
[27] Sociedad de San Vicente de Paúl.
[28] Juan 17, 21.
[29] Mateo 5, 48.
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