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miércoles, 23 de julio de 2014

SER PROFETA Y MÁRTIR EN NUESTRO TIEMPO.

SER PROFETA Y MÁRTIR EN NUESTRO TIEMPO.
Por: Andrés Felipe Rojas Saavedra.


INTRODUCCIÓN.

Derramamos a diario nuestra sangre, ella se vierte en una sociedad que sirve de escenario para matar a Dios, aquel que se esconde en los templos en medio de las ciudades contaminadas por la violencia y la lujuria. Pues bien no es nada raro que aquellos que sirven de corazón al Señor se conviertan en nuevos mártires y profetas que caminan siendo abofeteados por el mundo que no soportan ver aquellos que han optado por salirse de él.

Nuestras Iglesias ahora están confundidas entre el vicio y el vulgar comercio callejero, en las grandes ciudades vemos como nuestros templos son la sombra de vendedores ambulantes sin escrúpulos, se me viene a la mente la ciudad de Medellín en Colombia, donde se encuentra en el centro una antigua Iglesia consagrada a la Virgen de la Candelaria a sus alrededores vemos vendedores de pornografía, perfumería, santería, en fin un vulgar comercio la rodea. Y qué decir de la Iglesia de la Veracruz a escasos metros de ésta, ubicada en una zona rodeada de expendios alucinógenos, de bares, discotecas y prostíbulos. Resulta recomendable escuchar la voz del Papa Francisco cuando nos recomienda salir de nosotros mismo y tener una Iglesia en la calle, pues bien, no es preciso buscar siempre las periferias, sino asomarnos a las ventanas y vislumbrar las realidades de pobreza que invaden nuestro entorno. ¿Qué hacer? La mendicidad, la delincuencia, la prostitución, la lujuria, la drogadicción, no se solucionan con pañitos de agua fría, ni con limosnas, ni con un mercado semanal, el problema radica en que no nos hemos convertido en verdaderos profetas y mártires. ¿Acaso Jesús no era reconocido por sentarse a la mesa con prostitutas y publicanos? ¿Acaso no necesitan ellos más médico que los que están sanos?


EL DESAFIO DEL DESPRENDIMIENTO:

Morir a diario, morir a nosotros mismo, abandonarnos en la divina providencia, arriesgarnos a pesar de los quebrantos emocionales a los que nos enfrentamos todos los misioneros o los laicos consagrados, ese dolor que causa no ser escuchados o ser criticados y atacados por nuestras creencias, ese dolor está presente porque no nos hemos dejado moldear desde las bases sólidas de la humildad. “El que se humilla será enaltecido” (Lc. 14, 11), ser mártir implica no solo derramar la sangre en un vástago donde surgirán nuevos cristianos, ser mártir es morir a nosotros mismo para que exista con nuestro testimonio más mártires que se arriesguen a defender su fe con la dureza de su testimonio vivo, pero sobre todo comprometido a la salvación de las almas.

La realidad del pecado es cada vez más lapsa; dentro de las comunidades religiosas en especial las masculinas, el ambiente no es igual al de años atrás y con gran preocupación podemos decir que se vive un relajamiento, pero no académico, que es lo que muchas veces preocupa a los formadores, sino espiritual, estamos hartándonos de Dios, y nuestros claustros sirven de morada para una doble moral y un lugar donde se encubre la verdad

Nos parece extenso nuestro lugar de apostolado, nos parece inalcanzable las almas que en las tierras infértiles del Evangelio habitan, nos produce un temor acercarnos al que clama, y los prejuicios sociales nos impiden ver con buenos ojos a los jóvenes que a diario mueren buscando defender un ideal, que sólo han conocido a voces del mal, muchos jóvenes prefieren entregar su cuerpo y su alma a un equipo de futbol, a un grupo musical que pertenecer a un grupo pastoral, por muchas razones, porque nos hemos vuelto moralistas, jueces, pero sobre todo fariseos, ponemos cargas pesadas a los demás que ni nosotros mismo ayudamos a llevar, hoy la crisis es de testimonio, falta más convergencia entre lo que se dice y lo que se hace, ser profetas implica hablar al corazón sin importar las puertas que hay que tocar para acceder a él, hablar desde el lenguaje universal del amor y la comprensión, desde allí, desde el lenguaje ecuménico que abriga a todos los seres humanos es posible acceder y transformar la vida.

FRENTE AL DESANIMO DEL SEMBRADOR:

Hoy el sembrador se ha cansado de abonar la tierra, se tira la semilla de cualquier forma, aunque la semilla, es decir el mensaje es el mismo, la forma de arrojarla, es decir, las herramientas pastorales son inadecuadas y anticuadas; el terreno pedregoso al que nos enfrentamos a diario resulta cada vez más difícil de labrar y la tierra fértil parece secarse con la impiedad y la descristianización en muchas regiones.

Muchos sacerdotes han caído en el sin sabor de su ministerio, algunos han decidido abandonarlo, como se abandona el arado al ponerse en su punto el sol, cuando más lo necesitan abandona el pastor a sus ovejas para entregarlas al lobo; otros no lo han abandonado, pero se han quedado allí a recoger su paga como cualquier asalariado, han guardado la dracma esperando que llegue el dueño para decirle: “he tenido miedo, me he cansado, y aquella dracma que me has dado la he guardado en lugar seguro, tenla aquí está la que me has dado te la devuelvo” (Mt 25, 24). A juntos el Señor les dirá siervos inútiles, porque Él pide de nosotros una entrega generosa, una cruz cargada para soportar a diario, mirar hacia atrás nos convierte en indignos ante el Salvador, devolvernos a enterrar a los muertos, nos convierte en un muerto más, a los sacerdotes el Señor les ha dado más y por supuesto les exigirá más, al que tiene se le dará al que no se le quitara hasta lo que tiene; pero no desalentéis dice el Señor, “recuerden que si el mundo los odia, a mí me ha odiado primero” (Jn. 15, 18), eso es ser mártir, el que quiera ganar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí, la ganara.(Mt. 16, 25).

MÁRTIR Y PROFETA, UN DESAFÍO CADA VEZ MÁS MODERNO:

En el lenguaje del Divino salvador, hay que morir para nacer de nuevo, es necesario renacer a las posibilidades que el mundo de hoy ofrece, no caer en el pesimismo de la vida comunitaria, ni al relajamiento de la vida consagrada, es necesario “volver al amor primero” como lo dice el apóstol; es necesario que seamos hombres y mujeres injertados en el mundo, no plantas aéreas que no tienen raíces, es decir no podemos ser seres artificiales despejados de esta realidad, debemos ser retoños, sarmientos adheridos, hechos uno en la vid verdadera, Jesucristo; quien se desprende de Él o cree tener las fuerzas suficientes para hablar de sí mismo en vez del Evangelio, tiende a perderle sabor a su vocación, pierde la fe, racionaliza toda la palabra y a Cristo lo ve como un hombre cualquiera, citándolo sólo para fundamentar su tesis de amor propio y egoísta.

Repetir a diario: “Señor dame la gallardía para ser profeta y otórgarme la gracia de morir a diario para ser un verdadero mártir”

LA GALLARDÍA EN LA PROFECÍA:

Gallardía, porque nos da miedo anunciar a Cristo, nos da miedo gritar en las plazas que la hora se acerca y que es necesario preparar los corazones, la hora se acerca porque Dios viene todos los días a nuestro encuentro, porque es necesario estar despiertos y velando porque no sabremos ni el día ni la hora en que se nos llamará a pedir cuentas, gallardía porque es necesario comprender mejor los signos de los tiempos, para hablar desde esa realidad emergente al ser humano y dar respuestas prácticas y no desenfocadas. En el mundial de futbol 2014, muchos lloraban cuando su selección perdía, muchos salían a gritar a las plazas aullando de felicidad por que su equipo había avanzado hacia la copa, muchos desmanes sucedían en las calles, muchos jóvenes no les importaba morir en ese instante porque su corazón se regocijaba en un grupo de jóvenes que triunfaban, no ha título propio, sino por cada ciudadano de su patria; cómo nos hace falta cristianos de estadio, como nos hace falta hinchas de Jesucristo, como nos hace falta salir a gritar a las plazas que Cristo está vivo y que hoy corremos por una copa que es la vida eterna, un cristiano que “haga lio” como nos lo hacía saber el Papa Francisco, no es un lio de conflicto y de violencia, es un salirnos de nosotros mismo y con Jesús, hacer nuevas todas las cosas, cambiar paradigmas, cambiar estructuras que esclavizan al ser humano, hoy más que nunca el Evangelio sigue actualizándose en nuestra cotidianidad, no mostremos un Jesús ensotanado, anticuado, molesto o castigador, es un Jesús actual, que nos habla, no en latín, sino en nuestra lengua, que nos muestra su misericordia y su amor, que nos hace clamar a Dios, no con un nombre superfluo o inalcanzable, nos hace llamarlo Abba, es decir mi Padre, Dios no es cómo tu padre o mi padre, él es Nuestro Padre.

Jesús sale a nuestro encuentro mediante los sacramentos, no como unos meros requisitos burocráticos, ni mucho menos una colección de obras pías para alcanzar el cielo, en el encuentro pleno con Dios no nos pedirán los documentos en regla para entrar a su presencia, no se nos pedirá como requisito un pasaporte sacramental firmado por el obispo o por el sacerdote. No mostremos los sacramentos como un requisito, no seamos escueleros a la hora de trasmitir el conocimiento de Dios, que sólo se logra desde el amor y la propia experiencia, que los sacramentos se conviertan en un oasis de gracia, a donde sólo se puede llegar cuando verdaderamente se ha tenido una experiencia de Jesús, cuando se haya tenido una experiencia Mosaica, de salir de donde nos esclavizan, de tener nuestro paso por el desierto, de caminar hacia la casa de nuestro Padre, donde nos espera con los brazos abiertos, de reconocer a Dios por el paso en nuestras vidas.

Desde allí desde lo propio, desde una adecuada formación laical nos convertimos en verdaderos profetas, en verdaderos educadores del pueblo de Dios, pero si nos contentamos con los valores cuantitativos y con el deseo de aumentar en número las partidas que reposan olvidadas en el despacho parroquial, quedarán vacías las bancas que ocupan los fieles que buscan en los templos el calor de familia que sólo desde la Eucaristía se hace plenitud, al partir el pan reconocemos que somos un solo cuerpo compuesto de muchos trigos triturados por el mismo Molino.


MORIR A DIARIO:

Morir a diario implica tener una vocación de desprendimiento, de pobreza, un amor a la cruz, como la tuvo Jesucristo, que no tenía siquiera donde reclinar la cabeza, pero que su ardoroso amor por la humanidad lo llevo a la entrega sublime en el Gólgota, donde su cuerpo inerte reposó completamente, alzado como la serpiente en el desierto, de modo que todo aquel que lo observe quedará curado (salvado).
El misionero de hoy le huye a la mortificación, prefiere las comodidades de este pasajero mundo, moverse al ritmo del modernismo y el consumismo, hoy le huimos a la crítica, salimos corriendo frente a cualquier acto de rechazo a la Iglesia y salimos a refugiarnos en los brazos de nuestros grupos apostólicos, lamentándonos de aquellos que no han optado por seguir a Cristo.

El clérigo contaminado por la soberbia, busca que los mártires sean la comunidad, son ellos los que deben acomodarse al misionero y no el misionero a ellos, son mártires los fieles que han de soportar a un sacerdote con complejos de superioridad, con delirios de grandeza o con atributos divinos, que busca las mejores comodidades en su parroquia o en la misión; hoy debemos decirle al pastor, que se encuentra trepado en los arboles “Baja Nicodemo que hoy tengo que cenar en tu casa”(Lc. 19, 1-10), bájate de las comodidades y de los prejuicios que nos condenan a vivir aislados de la grey, bájate de sentirte Dios, y cena con el pueblo, bebe el trago amargo que toman a diario los que sufren, aliméntate con el pan fruto del sudor de los pobres, de aquellos que hoy se encuentran en las periferias.


FRENTE A LA COMODIDAD Y AL DESEO DE TENER:

El sacerdote del presente es como la vocación de Abraham, ha dejado todo, su familia, su casa, su pueblo y se ha ido al lugar donde Dios lo ha llamado, es decir a la vocación específica, pero Jesús ha pasado a revisar cuentas, ha pasado a visitar al sacerdote de uno, dos, tres años de ordenado y lo ha encontrado acomodado en la parroquia, en la casa cural, lo ha visto subir el vidrio polarizado de su automóvil, lo ha encontrado en el restaurante de moda, lo ha encontrado esquilando las ovejas, es decir lucrándose de ellas; y lo ha llamado como al Joven rico del evangelio, Jesús nos vuelve a decir, nos está diciendo ahora mismo: “anda y vende todo lo que tienes, ¡dáselo a los pobres! (Mc 10, 21) Y ya libre ven conmigo, vamos a buscar la oveja perdida” (Mt. 18, 10-14), pero hoy le seguimos contestando con el mudo silencio que desenamoro a Jesús, hoy los sacerdotes siguen sintiéndose triste porque tienen mucho y no lo pueden seguir, así que quedan con la mirada fascinada en el mundo, se van triste, porque la vocación de un sacerdote o de un religioso que sólo busca su bien propio es infeliz, es monótona.

Una vida sin ascetismo, sin virtudes, es una vida común a la de los hombres de este mundo, hoy necesitamos gritar a los sacerdotes las palabras de Jesús: “están en el mundo pero no pertenecen a él” (Jn. 15, 18-21), nosotros somos de este mundo quiere decir que tenemos los pies fijos en esta realidad, pero no pertenecemos, es decir, tenemos la mirada “fija en Jesús autor de nuestra salvación” (Hb. 12, 2).

Muchos problemas surgen desde los seminarios, muchos problemas se presentan en la etapa inicial de formación, es común que en un seminario o casa de formación existan problemas económicos, los curas y las monjas no viven de lo que les cae del cielo, muchos conventos por la escasez de vocaciones o por la falta de ingresos económicos, se han convertido en hoteles, fincas recreativas, casas de retiros, en fin, en establecimientos lucrativos, eso no está mal, el peligro es cuando nuestros seminarios se convierten en eso, cuando los seminaristas son monetizados, cuando los sacerdotes ven en los jóvenes aspirantes a las órdenes, no una vocación sino un gasto. En comida se gasta esto o aquello, en estudios son tanto y otro poco, en vestuario es un poco más, en definitiva cada seminarista nos sale por tanto; esto en el caso de las comunidades religiosas que tienen que solventar los gastos de sus miembros, en el caso de las diócesis cada obispo tendrá su propia forma de sostener su seminario.

Es necesario tomar conciencia de que todo en la vida tiene una valor económico, sí, claro que sí; pero no tenemos el derecho de crear en los futuros sacerdotes la mentalidad del consumismo y del mercadeo, de que se debe buscar cualquier forma de obtener ingresos, “no andéis preocupados por el vestido mirad el los lirios del campo… ni Salomón en toda su magnificencia pudo vestirse así” (Mt. 6, 27-29) La mentalidad económica ha entrado brutalmente a nuestros templos, los mercados persas han invadido nuestro lugar de culto, entramos a una Iglesia y encontramos: la urna para el mantenimiento de santa Escolástica, deposite su ofrenda aquí para los pobres, deposite su ofrenda aquí para la pastoral social, “ayúdenos a ayudar” aporte para la fundación tal, la ofrenda diaria, la venta de velones, la venta de medallas, el aporte para el mantenimiento del techo, del piso, de las sillas, el aporte para la cena pascual del párroco, el parqueadero, las velitas que prenden con una moneda; y podremos pensar en este mismo instante, cuantas otras cosas más tenemos en nuestros templos que hemos disfrazado de culto o de devoción cuando realmente son alcancías.

Pedir no está mal, nuestro divino Maestro, nunca desmonto el diezmo, ni tampoco negó “que todo trabajador merece su salario” (1Tim. 5, 18), pero los tiempos han cambiado a nuestro Señor, no le toco pagar los impuestos del carro, porque se transportaba a pie, no le toco mandar a quitar las goteras del templo, porque no tenía donde reclinar la  cabeza (Mt. 8, 20), tanto así que el primer templo cristiano fue una casa alquilada, que sirvió de morada para aquella noche nefasta en que nuestro Salvador sudo sangre de espanto. Empero nos hemos creado necesidades propias del mundo, tenemos que pagar la cuota del celular personal, la parabólica más costosa, comprar la ropa de marca, en fin cada uno piense cuantas cosas se adquieren y que son innecesarias.

Esto nos oscurece como mártires, nos cierra la boca para ser profetas, ya no somos como dice san Pablo, los últimos, los despreciados, los que pasamos hambre o sed, los que nos fatigamos, los perseguidos, los calumniados (1 Cor. 4, 10); ahora muchos son los príncipes, los primeros, los que persiguen, los que humillan, los que quebranta la dignidad del prójimo, ahora son los sacerdotes de hoy aquellos fariseos de la época de Jesús que alargaban sus vestidos, para pasar por encima del pueblo, ¡cómo nos hace falta volver a las fuentes! Volver al origen de nuestra fundación, volver a ser como los primeros cristianos que no cuidaban más patrimonio que los pobres, son ellos la herencia de la Iglesia, decía San Vicente de Paúl.

Hasta ahora hemos hecho un recorrido por las diversas circunstancias que aquejan la vida pastoral de hoy, son muchas más, son incalculables, pero lo que más atormenta a la Iglesia es la vida profética y mártir a la que estamos llamados, le estamos haciendo a un lado, nos estamos nuevamente aburguesando, como sucedió en Francia antes de la Revolución francesa, mientras el rey, la nobleza y el clero se ostentaban con los lujos de este mundo, los pobres morían de hambre, hasta que la prole arremetió contra la Fe y la Ley porque estaban contaminadas de Fantasía e injusticia. “Allí donde está tu corazón allí está tu tesoro” (Mt. 6, 21) ¿está en el mundo, o está en Dios?

El justo medio, nos lleva a no ser ni tan miserables que no merezcamos ser escuchados, ni tan poderosos, que no seamos creíbles cuando hablemos de los valores de reino; con el papa Francisco hemos empezado un camino lento, es verdaderamente lento, es desintoxicación, de desacomodación, de replanteamientos, de volver a ser pobres “quiero una Iglesia pobre y para los pobres”, no sabemos si lo logrará, si lo dejaran, o sí sus sucesores continuaran este legado que él ha comenzado, pero convirtamos nuestro propio vaticano en una parroquia de puertas abiertas, vayamos al encuentro con el pobre, aquel que pide frente a nuestras Iglesias, que está herido y al que el Estado debe atender por derecho, vamos a defender a aquellos que están siendo desalojados injustamente, a los presos que necesitan ser escuchados, las viudas que necesitan ser consolados, vamos a hablar por los que no tienen voz, por los desplazados, los inmigrantes, vamos a “dejar a Dios por Dios”, vamos, convirtámonos en mártires y profetas para nuestros tiempos.

Fin.


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