Bienvenidos a Corazón de Paúl- @Corazondepaul- Corazón de Paúl TV - www.corazondepaul.com
Corazón de Paúl es administrado por un seminarista vicentino- Medio de comunicación y de difusión alternativo de la familia vicentina de américa latina---- tus mensajes a corazondepaul@gmail.com

martes, 15 de marzo de 2016

ES HORA DE VOLVER A DIOS

ES HORA DE VOLVER A DIOS
"Reflexión espiritual para la semana Santa, a la luz de la Parábola del Hijo Prodigo"
Por Andrés Felipe Rojas Saavedra, Seminarista Vicentino. 

En este año santo de la Misericordia, no cabe duda que casi todos remitimos la imagen del Padre Misericordioso que se encuentra en la parábola del hijo prodigo, esta magistral enseñanza Cristiana que encontramos en el evangelio de San Lucas en el capítulo 15, donde está el compendio más bello de la misericordia de Dios, ha dado de que hablar por muchos siglos, en este corto artículo que he titulado “es hora de volver a Dios”, quiero hacer hincapié en la necesidad libre y consiente que tuvo el hijo menor en volver a la casa de su Padre, donde hasta los jornaleros tenía que comer en abundancia (cfr. Lc. 15, 17). La Iglesia necesita un nuevo retorno a la casa del Padre, ya estamos cansada de verla vivir en medio de los cerdos. Lo más triste es que muchos no somos conscientes de la necesidad de ese regreso, por eso aventurémonos a descubrir cuál fue la verdadera motivación que tuvo el hijo para volver a renacer en el Padre que lo engendro.


Y le pidió la parte de su herencia al Padre.

Es muy poco común encontrar en nuestra realidad, hijos que en vida les pidan a sus padres la parte de su herencia, y en nuestra realidad muchos hijos ya han partido de la casa de sus padres para formar vida aparte, la sagrada escritura nos dirá que el hombre dejará la casa de sus padres y se irá a formar con su mujer una nueva morada (cfr. Gen. 2, 24). ¿Cuál fue entonces el pecado que cometió el hijo prodigo?
La respuesta es sencilla, saco al padre de su corazón, podemos decir que lo “mato” de sí mismo, para quedarse con la herencia, salió de su casa, la casa significa el lugar de encuentro con Dios, es decir que elimino a su padre de sus sentimientos, y con la herencia creyó sentirse autosuficiente y decidió partir. ¿Cuantos de nosotros hemos pensado que los problemas de nuestras vidas se solucionan por nuestras propias fuerzas y hemos sufrido las difíciles consecuencias de nuestros propios actos? El hijo prodigo sufrió las consecuencias de haberse creído autosuficiente y de haber salido de su encuentro intimo con el Padre.
¿Cuál fue la herencia que el Padre le entrego a su hijo?, fue la libertad, regalo que nos dio desde la creación del mundo. Esa libertad que lo llevo a buscar el pecado, un pecado que desgasta y no sacia, un pecado que nos hace creer que hemos perdido la filiación, la dignidad y la gracia. Dios no nos quiere infelices en su morada, ni quiere que estemos obligados a estar en su encuentro, más adelantes conectaremos esta idea en relación al hijo mayor, la casa de Dios está sin puertas, pero también está en todo lo que vemos y conocemos, cualquier lugar de encuentro es la casa de Dios. Eso nos permite entender que el hijo no se marchó de un lugar físico, sino que abandono un estadio espiritual. ¿Cuál es tu lugar de encuentro con Dios?

Y cuando gasto todo, empezó a sentir necesidad:

Obviamente todo en este mundo pasajero y superfluo cansa, lo que gasto el hijo prodigo no fue el dinero, fue su vida, él pudo darse cuenta que estaba invirtiendo mal, que estaba llenando el corazón, que le había quedado desocupado porque de él había sacado a su Padre, con toda clase de pasiones, de vanidades, etc. Pero todos tenemos derecho a conocer el mundo, porque en eso consiste la libertad, además “a quien mucho se le perdona, mucho ama” (Lc. 7, 47), el pecador no es un extraterrestre, el pecador no es un marginado ni un impuro, el pecador somos tu y yo. Porque la casa del Padre ¡que no tiene puertas!, nos hace pensar muchas veces estar dentro de ella, pero en realidad muy lejos del corazón del Padre.

¡Sintió hambre!

La primera razón por la que el hijo pródigo pensó en volver a donde su Padre, fue por qué sintió hambre, no había que comer en esa región, porque estaba siendo azotada por una carestía (cfr. Lc. 15, 14b). El hambre es una necesidad primaria del hombre, sin comida es imposible tener fuerzas, pensar bien, o estar simplemente felices, el hambre nos pone frente al dilema de la injusticia, nos hace mendigar y hasta comer cualquier cosa, inclusive alimentos corruptos. Cuando hay pobreza y hambre nunca hay saciedad. ¿Será esta el hambre que tenía el hijo prodigo? Por supuesto que no, el sintió un hambre espiritual, un hambre que lo hizo buscar a cualquier costa un bienestar que lo saciara, tal era su afán de buscar lo que lo llenaba, que termino llegando al lugar de las porquerizas. ¿Cuál puede ser ese lugar donde buscamos equivocadamente saciar nuestra hambre?

En medio de su angustia, pensó para sus adentros, “es hora de volver”, ya había caído demasiado, ya no tenía más razón para estar en ese lugar que lo apartaba de su encuentro con el Padre, así que se incorporó, se puso en pie, es decir tomo una determinación, y después de haberla meditado y haber pensado en pedir perdón se puso en marcha, en un camino que duraría tal vez mucho tiempo.

Me pondré en camino:

La conversión no es un hecho inmediato, ni va acompañado de manifestaciones místicas, la conversión es un camino largo, angustioso, pero con la esperanza plena de volver a ver al Padre, ese Padre que habíamos dejado cuando por nuestras propias fuerzas decidimos iniciar un camino que nos apartaba de él, ahora el Hijo prodigo comenzaba su regreso, el volvería a pasar por cada uno de los lugares donde sus “amigos” lo vieron “bien”, y estoy seguro que muchos de ellos al ver que el hijo había determinado volver a su Padre, le seguían mostrando lo que se perdía al irse, que en ese camino de retorno, muchos se burlaron de él, algunos le habrían dicho que ya era en vano volver, que su Padre no lo estaría esperando, que le iba a recriminar, que el camino iba a estar más pesado, etc. Pero ese hijo que había tomado una determinación en su corazón no le importo esos comentarios, al contrario camino más rápido, porque tal era su afán de encontrarse con su Papá, que nada ni nadie se lo impedía. ¿Qué dificultades hemos encontrado a la hora de querer volver a Dios?

De seguro hubo tropiezos, cansancio, fatiga y hasta de pronto creyó que el llegar hasta allá era una meta casi imposible, pero recordaba frecuentemente que si fue capaz de salir de la casa de su Padre, tendría la fuerza para volver. Cuando le eran familiar los caminos, recordó cómo eran esas sendas cuando iba de la mano de su Padre cuando aún era un niño, y de seguro recordaba como su Padre le decía constantemente “tú eres mi hijo” (Sal. 2, 7), él de necio lo llamaba Papá sin darse cuenta de su grandeza, pero aun así confiaba y decía “tú eres mi Padre y mi protector” (Sal 89, 27) lo motivaba saber que el Padre volvería a cargarlo como a un niño, “lo cargara como al rebaño y lo acogerá” (cfr. Sal. 27, 10).

El paso importante es recordar, un proceso que nos lleva a adentrarnos en nosotros mismos, mirar nuestro pasado, contemplar nuestro presente y escoger el futuro que deseamos.

El pecado muchas veces nos hace creer que no somos hijos de Dios y que hemos perdido la gracia, cuando llevamos tiempo en el pecado, empezamos a olvidar como eran esos días alegres al lado del Padre, por eso lo primero que hizo el hijo fue recordar los momentos pasados al lado de su papá. Y llego el día, había superado muchas pruebas, innumerables, le faltaba una más, ser capaz de dejarse abrazar y perdonar por el Padre.

Lo vio de lejos:

Debemos destacar el entusiasmo, eso reitera una vez más que Dios es quien sale al encuentro del hombre, llega al corazón, tiene la iniciativa de restaurarlo, el hijo menor sólo quería que lo tratase como un trabajador más, el Padre lo perdona lo abraza y lo acoge, le devuelve su dignidad, sentirnos abrazados por Dios no es un evento místico e imaginario, es ante todo un estado de paz y de tranquilidad que nos devuelve la seguridad de que somos hijos de Dios,  nos vuelve a poner en el encuentro con Dios, con la capacidad ante todo de ser sensibles frente al hermano que está en la misma situación que estuve yo.

El encuentro de Dios siempre va a generar alegría, una alegría que contagia, una alegría que es celebración sacramental (Eucaristía). El mundo nos ofrece satisfacción (pasajera, superflua, etc), por supuesto, pero Dios nos ofrece paz y alegría, sensación positiva del deber cumplido.

Las tres evidencias del perdón de Dios. 1. Nos recuerda su alianza (Ex 34,10) 2. Reconocemos nuestra dignidad y naturaleza “divina” (semejanza con Dios) (Sal. 8, Isaías 61, 10) y 3. La libertad, que sobre pasa todo estado físico (Jn. 8, 31-38)

¡Ese hijo tuyo!
Cuando creemos estar con Dios, porque cumplimos sus preceptos y guardamos sus normas, podemos caer en el fariseísmo, actitud que critico Jesucristo y por la cual el evangelio de Lucas presenta esta parábola. Debemos tener en cuenta los siguientes aspectos:

Ante todo, una nueva visión de Dios, diferente al del A.T. La sentencia, es decir el juicio ya no lo realiza el Padre, quien es en ultimas el que debe hacerlo, sino que el hijo mayor se cree juez. En relación al antiguo testamento Dios es el juez y paralelamente el juego de palabras que encontramos en el dialogo Padre- Hijo mayor (ese hijo tuyo- ese hermano tuyo) se encuentra similar en Éxodo 32, 7-14, a saber Dios- Moisés (ese pueblo tuyo, que tu rescataste- tu pueblo, que tú sacaste) la misericordia de Dios fue movida por Moisés. Pero para el cristiano, Dios se mueve lleno de misericordia hacia el hombre por pura iniciativa, porque Cristo nos ha reconciliado para siempre (2Co. 5, 19)
Creernos los mayores en la fe tiene sus riesgos, vamos a mencionar seis.

·         El primero creer que todo lo sabemos y nada en las cosas de Dios nos resulta interesante. La autosuficiencia intelectual, nos lleva a creer que tenemos la razón en lo que decimos. (Mt 13, 55; Mt 23, 8 “se hacen llamar maestro”)

·         Lo segundo creernos santificados, dejar aún lado la súplica de perdón, porque creemos que nuestras faltas no son nada en comparación de los demás, “señor no soy como los otros” (Lc 18, 9-14)

·         Tercero, justificados, dar explicación a nuestros actos perversos viendo como bueno lo que ante los ojos de Dios no está bien. Relativismo del pecado (Lc 16, 15)

·         Cuarto doble moral, pensar que un pecado es más grave cuando lo comete el otro, que cuando lo cometo yo. (Mateo 23:33–39, Mateo 23:29–32, Mateo 6:1–18; 23:25–28, Mateo 9:10–13)

·         Quinto creernos jueces, precisamente es la actitud central del hijo mayor. Que nos hace creernos padres, lo que nos lleva a desconocer a nuestro hermano.



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Google+ Followers

Corazón de Paúl Stereo