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lunes, 31 de agosto de 2015

ORACIÓN DE SAN JUAN GABRIEL PERBOYRE A JESÚS OH MI SALVADOR DIVINO…

ORACIÓN DE SAN JUAN GABRIEL PERBOYRE A JESÚS
OH MI SALVADOR DIVINO…





Marlio Nasayó Liévano, c.m.

INTRODUCCION:

San Juan Gabriel Perboyre (1802 – 1840), fue el primer misionero de la Congregación de la Misión que subió a los altares (1889). Ya en vida su figura era conocida tanto en el ámbito de la F. V. como en ciertos ambientes misioneros, llegando desde China su fama hasta Europa. Su pasión y muerte fueron tan extraordinarias, que pronto su estela de santidad resonó hasta en los más remotos lugares del mundo.

En Colombia a sólo 5 años de su glorificación, los primeros misioneros Vicentinos (otrora Lazaristas), abrieron la Escuela Apostólica en Santa Rosa de Cabal (1894), donde a la sombra fascinante de este joven misionero, no pocos muchachos llegaron a la cima del sacerdocio y muchos más en la vida seglar, bebieron de su vida fascinante y de su ejemplo arrollador.

La hermosa oración que trato de analizar salida del corazón misionero de Perboyre, orada a los pies del sagrario antes y después de la celebración de la Eucaristía, meditada al leer las páginas del Evangelio, interiorizada ante el Crucifijo y vivida en el caminar polvoriento de la vida cotidiana misionera entre los pobres; también fue orada, reflexionada y vivida, por quienes con nosotros y antes de nosotros como él, hemos seguido las huellas de Jesús.

El hacer un análisis de esta hermosa oración compuesta por nuestro hermano, tiene para mí el peligro de hacer decir al Santo lo que él no experimentó ni quiso expresar. A pesar de ello, me atrevo a hacer estas reflexiones, intentando entrar en el campo de su experiencia de vida.

PERBOYRE Y CRISTO

1.         SU VIDA CIMENTADA EN JESUCRISTO

Desde su más tierna infancia Juan Gabriel Perboyre, ya en su casa, ya en el Seminario fue denominado como el “petit saint”. No sin razón por sus cualidades humanas de bondad, fraternidad, cercanía…sino también por su amor a Cristo en la Eucaristía, en el Crucifijo, en la lectura del N. T.
Ya la S. E. dice que “de la abundancia del corazón hablan los labios” (Mt 12, 35) y esto lo afirmaban sus compañeros de formación. En todo quería seguir a Cristo, en sus palabras, en sus comportamientos, llegando a ser con su radicalismo sencillo de cada día, un “alter Christus”. En la medida en que iba creciendo en su formación seminarística, se iba identificando más con el Señor. Qué gracia el que conservemos algunos de sus escritos, que son una mina espiritual para nuestra vida:

“Jesucristo, es el gran Maestro de la ciencia; es él solamente el que da la verdadera luz”.
“Sólo hay una cosa importante: conocer y amar a Jesucristo. Cuando estudie, pídale que él mismo le enseñe; si usted habla a alguien, pídale que le inspire lo que debe decir; si hay algo que hacer, pídale que le haga conocer lo que quiere de usted”.

Pero el conocimiento no era el de un académico e intelectual que leyera y conociera los textos referentes a Cristo, sino que además de conocerlos y saberlos, pasaba al seguimiento y a la imitación del Maestro:

“Jesucristo no vino solamente a la tierra para instruirnos con su doctrina, sino sobre todo para servirnos de modelo. Cuando su Padre nos lo envió, nos ha dicho a todos lo que en otro tiempo dijo a su siervo Moisés con respecto al tabernáculo: mira, y haz según el modelo que te ha sido mostrado en la montaña. El mismo Jesucristo nos ha dicho: ‘Yo les he dado ejemplo, para que hagan como me han visto hacer’ (...). No hay sino una cosa necesaria, nos dice Nuestro Señor en el Evangelio. ¿Pero cuál es esa única cosa necesaria? El imitarlo. (...) Hagamos como un pintor que arde en deseos de reproducir fielmente un cuadro de gran precio: tengamos los ojos continuamente fijos en Jesucristo. No nos contentemos en copiar un rasgo o dos de nuestro modelo, entremos en todos sus sentimientos, apropiémonos todas sus virtudes. Recomencemos y continuemos cada día sin jamás cansarnos. (...) Pero ¿cómo podremos llegar a experimentar perfectamente los rasgos de un modelo tan bello? Para esto basta que secundemos las operaciones del Espíritu Santo en nuestros corazones: ese divino Espíritu se aplica a formar en nosotros la imagen de Jesucristo por la efusión de sus dones”.


2.         Y ALIMENTADA EN LA EUCARISTÍA:


El amor a Nuestro Señor se hacía patente en su manera de prepararse a la celebración de la Santa Misa, en la acción de gracias tan tradicional en nuestra Familia, y en otras prácticas como lo dice S. Vicente en las RR.CC. X,3.20:

“El mejor medio para honrar esos misterios es el culto debido y la recepción digna de la Sagrada Eucaristía, como sacramento, y como sacrificio. Pues ella encierra en sí el resumen de los otros misterios de la fe, y además santifica y glorifica a las almas de los que la reciben bien y la celebran dignamente, con lo cual se da la gloria suprema al Dios uno y trino y al Verbo encarnado. Por todo ello nada nos ha de ser más querido que el dar a este sacramento y sacrificio el honor debido, y el procurar con todo interés que todos le den el mismo honor y reverencia. Haremos eso no permitiendo, según podamos, que se haga o se diga nada irreverente en contra de la Eucaristía; y también enseñando con celo a los demás qué se debe creer de este tan gran misterio y cómo se debe venerar”.

“Guárdense también otras costumbres loables de la Congregación, tales como ir a la iglesia y saludar a Cristo en la Eucaristía al salir de casa y al volver a ella”

Ante su vida diaria y sus fatigas, su más dulce consuelo era celebrar la Eucaristía y recibir a Jesús en su corazón: “No puedo estar contento, mientras no haya ofrecido el sacrificio de la misa”. En una de sus cartas escrita durante su viaje a la China, nos habla de la Eucaristía: “¡Oh! ¡Cómo se siente uno feliz sobre este vasto desierto del océano, al encontrarse de tiempo en tiempo en compañía de Nuestro Señor!”.

A un sacerdote que le contaba que no había celebrado la misa porque sentía un dolor de cabeza le dijo: “Ha hecho mal; Dios no pide la cabeza, El sólo pide el corazón”.
Para celebrar la misa lo hacía con gran cuidado, sin prisas, con piedad, sin rutina: “antes de celebrar la santa misa debemos esforzarnos por entrar en los mismas disposiciones con las que Nuestro Señor se ofrece por nosotros en el altar”.

3.         ORACIÓN

Este es el texto de la oración, traducción  fiel a las fuentes originales, versión de nuestro formador de Seminario Interno, P. Fenelón Castillo; c.m.:


¡Oh mi Salvador divino!
Por tu omnipotencia, por tu misericordia
infinitas, haz que yo pueda cambiar
y transformarme en Ti;
que mis manos sean tus manos y mi lengua
sea tu lengua; que mi cuerpo y mis sentidos,
 no sean si no para tu gloria.
Pero ante todo, transforma mi alma y
todas sus potencias: que mi memoria,
mi inteligencia, mi voluntad, sean
como tu memoria, tu inteligencia,
tu voluntad; que mis actos y
mis sentimientos sean como los tuyos.
Y que así como el Padre dijo de Ti:
Yo te he engendrado hoy”
lo pueda decir también de mí y aún añadir:
“Eres mi hijo amado en quien me complazco”.


4. APROXIMACIÓN Y ANÁLISIS DE LA ORACIÓN:

La famosa oración que conocemos y rezamos es de una gran profundidad. No se trata de una oración compuesta siguiendo un orden teológico y exegético especial. Es la plegaria nacida del corazón de un hombre de Dios, fruto de largos ratos a los pies del Maestro en el Sagrario, saboreada a lo largo de los años y que gracias a su sencillez vicentina nos la ha dejado como un legado y un tesoro invaluable, para quienes como él participamos del único sacerdocio de Cristo, que se prolonga hoy en medio y a pesar de nuestras falencias y debilidades.

a.         La oración nos hace pensar y descubrir el sabor paulino que hay en el fondo, nos remite sin duda entre otros textos a Gálatas 2, 20: "Yo vivo - ahora no soy yo - sino que Cristo vive en mí". Perboyre como el apóstol declara que su vida le pertenece a Dios. Está insertado en Cristo lo que no significa ser insensible a las dificultades del mundo, pues es algo con lo que día a día se tiene que batallar con la  gracia del Señor.

b.         La plegaria la inicia con la expresión “ !Oh mi Salvador…”! Frase que nos hace pensar en que está tomada de San Vicente, para quien esta expresión era no una muletilla retórica, sino la explicitación de lo que llevaba y vivía dentro de sí. Es Jesús quien ha tomado posesión de él, por tanto, la oración nos muestra no un rebuscamiento literario sino una experiencia de vida:

“Ilumínanos, Salvador mío, para que veamos a qué estamos apegados…” (SVP. XII, p. 530) “¡Oh Salvador, líbranos de este espíritu de sensualidad!”  (SVP. XII. p. 574).

c.         Por tu omnipotencia, por tu misericordia infinitas…. Los maestros espirituales nos hacen caer en cuenta que el “voluntarismo” ha estado muy en el fondo de nuestras espiritualidades, tanto ayer como hoy. Muestra de ello son expresiones como estas: “soy capaz”…”yo puedo”…”Esto no me es imposible”…que nos hacen vislumbrar el camino espiritual en el que el centro es el ser humano, con sus capacidades, dejando a un lado la fuerza del Señor, o si se lo tiene en cuenta es como un complemento a la lucha y al trabajo humano.
De una parte se destaca el poder de Dios, según la influencia propia de la filosofía griega pero nos muestra también las raíces bíblicas del Señor misericordioso de San Lucas que se abaja con un corazón tierno ante las llagas y las miserias humanas. Miserias que también experimenta nuestro misionero en sus realidades humanas.

d.         Haz que yo pueda transformarme en Ti…
En esta oración, notamos la primacía del Señor, “mi Salvador”, el Señor cercano, el Dios que va con nosotros inmerso en las fatigas. Al respecto es muy rico el texto de San Vicente en el que nos muestra la acción de Dios en sus creaturas: “Dios…Trabaja con el artesano en su taller, con la mujer en su tarea, con la hormiga, con la abeja, para que hagan su recolección, y esto incesantemente y sin parar jamás. (SVP. IX, 1. p. 444). El mismo Fundador insiste en que el artífice de todo es Dios, nosotros meros instrumentos dóciles.
Esta oración es fruto de la virtud de la humildad que él había interiorizado en su vida, en la que muestra al Señor en el centro de su vida, y su sencilla docilidad a la gracia.

e.         Que mis manos…
Los biblistas modernos nos han hecho tomar conciencia de que la actividad de Jesús está sostenida con la “gestualidad”: Los gestos van más allá de las palabras…no pide el don de la palabra, ésta la tienen los oradores públicos y los políticos en sus plazas…Las manos pueden curar o herir, acariciar o golpear, acoger o rechazar…Ruega que sus manos sean para saludar a los chinos y mostrarles su proximidad, cuando no puede hablarles por lo complicado de la lengua, son manos para abrir la puerta de su casa misionera y hacer entrar a los pobres que tocan en ella, son manos para acariciar los niños, confortar a los enfermos, son manos para bendecir, manos para tomar el pan y el vino y elevarlo al cielo para que se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesús…son manos que se alzan para perdonar los pecados…y manos que se abajan para ungir con el óleo de la salud… en definitiva, la manos del misionero han de ser las manos de Jesús en el hoy de la vida y la historia de los pobres…


f.    Mi lengua…
Entre los textos bíblicos, uno que debió animar a Juan Gabriel fue éste: “Si alguien nunca falla en lo que dice, es una persona perfecta, capaz también de controlar todo su cuerpo” (St 3,2).
La palabra cura o hiere, acerca o aleja, anima o desalienta…en el caso del sacerdote ha de ser por antonomasia palabra de bendición, de cariño, de anuncio de la buena nueva… Nuestro mártir pide al Señor que su palabra sea buena, verdadera y la necesaria para que sea como la de Jesús, palabra de consuelo, alegría, paz y de vida eterna.

Si el Señor va transformando sus manos, su lengua, va también transformando todo su ser. Si el sacerdote es una persona indivisa, sin dobles agendas y está en manos del Señor, así como la piedra echada en el lago y va haciendo ondas concéntricas hasta abarcarlo todo, de manera similar el Señor va transformando al sacerdote y al misionero hasta en lo más profundo de su ser.

El Padre Perboyre era consciente de que como sacerdote, actuaba "in persona Christi Capitis”, de quien recibe la facultad de actuar por el poder del mismo Cristo a quien representa. Bien experimentaba en su vida, que seguía siendo hombre de carne y hueso y sufriendo todas las tentaciones de los hombres: afán de poder, de riquezas, de pasiones carnales; tal como Cristo mismo aceptó sufrir en el desierto. Pero sobremanera, humildemente suplica que sus manos consagradas sean siempre para bendecir, consagrar, levantar al pobre…y su lengua para proclamar no sus palabras sino las del Maestro, para predicar la Buena Nueva, no los discursos del mundo, que todos sus sentidos vayan encaminados a la gloria del Señor y a buscar el bien de las almas, pero preferencialmente los pobres.

g.  "Pero ante todo transforma mi alma y todas sus potencias…”
Este extracto de una conferencia del Fundador, bien pudo leerlo e interiorizarlo nuestro santo. De tal manera lo vivenció, por eso convencido de la lucha que tenía en su naturaleza, hace que pida al Señor lo transforme profundamente: “procuremos, hermanos míos, hacernos interiores, hacer que Jesucristo reine en nosotros; busquemos, salgamos de ese estado de tibieza y de disipación, de esa situación secular y profana, que hace que nos ocupemos de los objetos que nos muestran los sentidos, sin pensar en el creador que los ha hecho, sin hacer oración para desprendernos de los bienes de la tierra y sin buscar el soberano bien. Busquemos, pues, hermanos míos. ¿El qué? Busquemos la gloria de Dios, busquemos el reino de Jesucristo” (SVP. XI, 3 Pag. 430).

h.    “Mi memoria…mi inteligencia… mi voluntad
Sí, pasa finalmente a pedir al Señor que luego de haberlo purificado en el cuerpo siga haciéndolo en la memoria, la inteligencia, la voluntad.
Aquí en este campo ha sido muy iluminador el aporte, que me ha hecho el P. Fernando Zapata, de la Diócesis de Caldas, colaboración que agradezco inmensamente y que expongo a continuación.
Memoria: para volver con el corazón a aquel momento del llamado, acontecimiento fundante que lo movió a la entrega al Señor, para recrearse en el Espíritu; en aquel que como  a  los Doce -discípulos y apóstoles-  Jesús los envió a anunciar el Reino.

Perboyre hizo memoria de palabras y acontecimientos del Maestro, y  tuvo muy en su corazón cuidarse de caer en  aquellas palabras pronunciadas por el autor sagrado, a la Iglesia de Efeso (Ap 2, 4). Fue -casi en todo-, un hombre fiel al amor primero.

Inteligencia: para discernir el Nous de Dios, que trasciende todo intelecto humano. La inteligencia es el conocimiento hecho vida, a través de la sal del amor,  que da sabor  y sentido a la existencia del hombre.  Todo esto se logra después de un discernir  entre lo divino y lo humano, entre aquello que Jesús reprochó a Pedro: “piensas como los hombres y no como Dios” (Mt 16,23).

La inteligencia de Perboyre como la de  muchos hombres de Dios, se reflejó en su capacidad de orar, aconsejar,  y vivir el evangelio, para llevar la sabiduría eterna de Dios a  pobres.

 Voluntad: que vence todo vicio y pasión, voluntad como fuerza, como casa de la libertad que permite elegir con sabiduría  lo virtuoso y hacer de la vida un hábito de servir, amable y alegremente al otro, de entrega.

Para Perboyre, Jesucristo se convirtió en  modelo paradigmático de virtud,  a partir de su entrega; por ello para él la Eucaristía ocupó el lugar más importante en su corazón, Perboyre centró su corazón en el “Hoy” eucarístico, ella dejó de ser mera “anamnesis”, para convertirse en el “memorial”, de la pasión, muerte y resurrección del Señor, por ello Perboyre,  entregó su vida  como la de Jesús, mostrando aquello que el evangelista ponía en labios del maestro en la última cena: nadie tiene amor más grande, que el que da la vida  por sus amigos ( Jn 15, 13).

i.   “Y así como el Padre dijo de mi…”
Hecho el camino de la vida, finalmente llega la meta definitiva, se sube al Tabor de la santidad. ¿Qué más se espera? Se ha recorrido el peregrinaje de la dura y lenta cristificación en la vida misionera. Ha afrontado la vida que ha ido purificando constantemente, ha vivido el regalo de la dignidad de hijo de Dios en el sacerdocio misionero vicentino, que ha cuidado con gozo y agradecimiento. Ahora con San Pablo puede decir: “He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe. Sólo me queda recibir la corona de la salvación, que aquel día me dará el Señor, juez justo, y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida gloriosa” (2 Tim 4, 6-8.17-18) y ser proclamado por el Padre, así como el Padre lo hizo con Cristo: “este es mi Hijo amado en quien tengo mis complacencias” (Mt 17, 5).


CONCLUSIÓN:

Algunas reflexiones que nos pueden ayudar, para hacer que esta oración no se convierta como otras muchas que sabemos o que podemos recitar, en una oración mecánica y sin sentido. Quiero que esta oración, tanto a obispos, sacerdotes, diáconos, hermanos, como a seminaristas vicentinos, sea un instrumento providencial que nos lleve a hacer de ella vida de nuestra vida.
-          Sólo viviendo una relación consciente y cada vez más comprometida con Jesús,  podemos llegar a transformarnos en El, y a saber escuchar hoy su voz en la vida del mundo, de la Iglesia, de la Comunidad y de los pobres los nuevos crucificados de nuestro mundo.

-          En un mundo como el nuestro, que ha perdido la esperanza, la oración nos lleva a volver los ojos, los oídos, nuestro corazón, en una palabra todo nuestro ser, para recuperar la esperanza y llenarnos de los sentimientos de Cristo y así llenar al mundo de su amor, su espíritu y su misericordia.

-          Nuestra adhesión a Cristo, nos lleva al trabajo cotidiano, como el de Perboyre, a ponernos en guardia en la lucha contra las debilidades del cuerpo, para poder llegar a un equilibrio personal con Cristo y ser “imagen viva” o un “alter Christus”.

-          Ante tanta grandeza, la figura extraordinaria de nuestro santo, la vemos como una meta inabarcable e inalcansable, pero a la vez nos alienta la expresión de San Ignacio de Loyola, que mientras leía las historias de los grandes santos pensaba: "¿Y por qué no tratar de imitarlos? Si ellos pudieron llegar a ese grado de espiritualidad, ¿por qué no lo voy a lograr yo? ¿Por qué no tratar de ser como San Francisco, Santo Domingo? Estos hombres estaban hechos del mismo barro que yo. ¿Por qué no esforzarme por llegar al grado que ellos alcanzaron?…”


Medellín, 17 de mayo de 2015

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