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miércoles, 30 de octubre de 2013

MISTERIO GLORIOSO EN IMÁGENES








San Vicente de Paúl y el Rosario
Autor: Bernard Koch, C.M.. • Traducción: Luis Huerga Astorga, C.M. • Tomado de: Somos Vicencianos.



LOS MISTERIOS GLORIOSOS
LA RESURRECCIÓN
Nos faltan todas las conferencias sobre Pascua, y no poseemos tampoco meditación alguna sobre la resurrección de Jesús. Pero con motivo del servicio, espiritual o corporal, Vicente nos enseña cómo en nuestra misión estamos asociados a la obra de la resurrección. Alude más a Lázaro resucitado por Jesús, que a Jesús mismo resucitado, pero podemos aun así asociar este texto con la doctrina de san Pablo, quien nos enseña que, muertos con Jesús, se nos convoca a resucitar con él.

Vicente, que había entrado en posesión de San Lázaro por un deseo azaroso de su prior, vio en el patronazgo de este santo un significado providencial. Oigámosle exponer a los misioneros la obra de los retiros espirituales, en un pasaje no fechado (49):
Esta casa, hermanos míos, servía antes de refugio para los leprosos; se les recibía aquí y ninguno se curaba; ahora sirve para recibir pecadores, que son enfermos cubiertos de lepra espiritual, pero que se curan, por la gracia de Dios. Más aún, son muertos que resucitan. ¡Qué dicha que la casa de San Lázaro sea un lugar de resurrección! Este santo, después de haber permanecido durante tres días en el sepulcro, salió lleno de vida (Jn 11, 38-44)… Pero ¡qué vergüenza si nos hacemos indignos de esta gracia!… ; no serán más que cadáveres y no verdaderos misioneros; serán esqueletos de San Lázaro y no Lázaros resucitados, y mucho menos hombres que resucitan a los muertos (XI, 710-711)
El servicio corporal de los enfermos y heridos se beneficia de la misma consideración: el tema de la resurrección vuelve una y otra vez en relación con las Hijas de la Caridad. El 23 de julio de 1654, habla a 4 Hermanas destinadas a Sedan (50):
Entonces, ¿para qué tenéis que ir a ese sitio? Para hacer lo que Nuestro Señor hizo en la tierra. El vino a reparar lo que Adán había destruido, y vosotras vais poco más o menos con ese mismo designio. Adán había dado la muerte al cuerpo y había causado la del alma por el pecado. Pues bien, Nuestro Señor nos ha librado de esas dos muertes, no ya para que pudiéramos evitar la muerte, pues eso es imposible, pero nos libra de la muerte eterna por su gracia, y por su resurrección da vida a nuestros cuerpos, pues en la santa comunión recibimos el germen de la resurrección… Para imitarle, vosotras devolveréis la vida a las almas de esos pobres heridos con la instrucción, con vuestros buenos ejemplos, con las exhortaciones que les dirigiréis para ayudarles a bien morir o a recobrar la salud, si Dios quiere devolvérsela. En el cuerpo, les devolveréis la salud con vuestros remedios, cuidados y atenciones. Y así, mis queridas hermanas, haréis lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra (IX, 652).
Un lenguaje similar el 8 de septiembre de 1657, al dar a las Hermanas noticias de las que curan a los heridos en Polonia (51):
¡Salvador mío! ¿No es admirable ver a unas pobres mujeres entrar en una ciudad sitiada? ¿Y para qué? Para reparar lo que los malos destruyen. Los hombres van allá para destruir, los hombres van a matar, y ellas para devolver la vida por medio de sus cuidados. Ellos los envían al infierno, pues es imposible que en medio de aquella carnicería no haya algunas pobres almas en pecado mortal; pero esas pobres hermanas hacen todo lo que pueden para mandarlas al cielo (IX, 911).

PENTECOSTÉS
Vicente hace frecuente referencia en sus cartas al Espíritu Santo, a menudo bajo la forma de breve invocación. Cuando habla a los misioneros el 13 de diciembre de 1658, pasa del espíritu de Nuestro Señor –en el sentido de mentalidad- al Espíritu Santo en cuanto persona; del simple estado de gracia santificante, pasa a lo que llamamos «vida mística», la acción de Dios en nosotros (52):
Hemos de saber que su espíritu está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo;… Pero ¿cuál es este espíritu que se ha derramado de esta forma? Cuando se dice: «El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras» 21, ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su persona, se derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu (XI, 410-411).
Dice a los misioneros un día de Pentecostés no fechado (53): Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn 14, 23). Estas palabras del evangelio de hoy (día de Pentecostés), que nos hablan del amor, nos servirán de tema para hablar del amor que nuestro Señor pide de nosotros… Así lo haremos (entrar en este amor), si estamos animados por el Espíritu Santo, que es el amor que une a las personas de la Santísima Trinidad en sí misma y a las almas con la Santísima Trinidad. Hagamos para ello un acto interior, recurriendo a la Santísima Virgen y diciéndole: Sancta Maria, ora pro nobis… Si amamos a Nuestro Señor, seremos amados por su Padre (Jn 14, 21), que es tanto como decir que su Padre querrá nuestro bien, y esto de dos maneras: la primera, complaciéndose en nosotros, como un padre con su hijo; y la segunda, dándonos sus gracias, las de la fe, la esperanza y la caridad por la efusión de su Espíritu Santo, que habitará en nuestras almas (Rom 5, 5), lo mismo que se lo da hoy a los apóstoles, permitiéndoles hacer las maravillas que hicieron. La segunda ventaja de amar a Nuestro Señor consiste en que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo vienen al alma que ama a nuestro Señor (Jn 14, 23), lo cual tiene lugar: l.º por la ilustración de nuestro entendimiento; 2.º por los impulsos interiores que nos dan de su amor, por sus inspiraciones, por los sacramentos, etcétera. El tercer efecto del amor de nuestro Señor a las almas es que no sólo las ama el Padre, y vienen a ellas las tres divinas personas, sino que moran en ellas. El alma que ama a Nuestro Señor es la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde el Padre engendra perpetuamente a su Hijo y donde el Espíritu Santo es producido incesantemente por el Padre y el Hijo (XI, 734-737).

Su conferencia a las Hijas de la Caridad, el 25 de enero de 1643, sobre las virtudes de las campesinas, termina así (55):
Que el Espíritu Santo derrame en vuestros corazones las luces que necesitáis, para caldearlo con un gran fervor y ‘laceros fieles y aficionadas a las prácticas de todas estas virtudes, para que, por la gloria de Dios, estiméis vuestra vocación en cuanto vale y la apreciéis de tal manera que podáis perseverar en ella el resto de vuestra vida, sirviendo a los pobres con espíritu de humildad, de obediencia, de sufrimiento y de caridad, y seáis bendecidas. En el nombre el Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (IX, 103)..

MARÍA NUESTRA REINA
Sin emplear ese término, Vicente consagró a ella la Compañía de las Hijas de la Caridad, de la misma manera que alguien se entregaría al servicio de una reina. Vicente consagra la Compañía de las Hijas de la Caridad a la Virgen Santísima el 8 de diciembre de 1658 (56):
Puesto que esta Compañía de la Caridad se ha fundado bajo el estandarte de tu protección, si otras veces te hemos llamado Madre nuestra, ahora te suplicamos que aceptes el ofrecimiento que te hacemos de esta Compañía en general y de cada una de nosotras en particular. Y puesto que nos permites que te llamemos Madre nuestra y eres realmente la Madre de misericordia, de cuyo canal procede toda misericordia, y puesto que has obtenido de Dios, como es de creer, la fundación de esta Compañía, acepta tomarla bajo tu protección». Hijas mías, pongámonos bajo su dirección, prometamos entregarnos a su divino Hijo y a ella misma sin reserva alguna, a fin de que sea ella la guía de la Compañía en general y de cada una en particular (IX, 1148).
Todo ello nos lleva a hacernos conscientes de que, para seguir a Jesús, que ocupa el centro de los misterios del Rosario, podemos a nuestra vez participar en las virtudes de Nuestra Señora e implorar su intercesión. El 2 de febrero de 1647, según concluye la plática sobre la obediencia, san Vicente llega incluso a dar una cascada de intercesores, la cual brinda, en sucintas palabras, una visión total de Dios y de la Iglesia (57):
Se lo pido al Padre Eterno por el Hijo, al Hijo por su santísima Madre y a toda la Trinidad por nuestras pobres hermanas que están ahora en el cielo (IX, 287).
Concluyamos nosotros con otra consagración a la Santísima Virgen, la de la Compañía, el 8 de agosto de 1655, cuya fórmula resulta de notable actualidad (58): Santísima Virgen, tú que hablas por aquellos que no tienen lengua y no pueden hablar, te suplicamos, … que asistas a esta pequeña Compañía. Continúa y acaba una obra que es la mayor del mundo; te lo pido por las presentes y por las ausentes. Y a ti, Dios mío, te suplico por los méritos de tu Hijo Jesucristo que acabes la obra que has comenzado (IX, 733).









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