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miércoles, 4 de febrero de 2015

EL ESCÁNDALO DE LA CRUZ

SINOPSIS: Este corto escrito, nos lleva a reflexionar sobre la insensibilidad ante el sufrimiento del pobre, nos invita a ver en San Vicente, modelo de oración y acción, el ejemplo más claro de amar el crucifijo y ayudar a los necesitados.

EL ESCÁNDALO DE LA CRUZ
Una reflexión a la luz de nuestro carisma Vicentino.


Por: Andrés Felipe Rojas Saavedra
Seminarista Vicentino

Como católicos en nuestros templos siempre vamos a encontrar un Cristo crucificado, lacerado por nuestras culpas, herido y traspasado, violentamente golpeado, con cara de dolor, sus carnes rasgadas por los látigos, y sus manos y pies están traspasadas por unos enormes clavos que sobresalen, para continuar con esta desgarradora descripción hay que incluir que su frente está siendo atormentada por un sinfín de espinas que atormentan su sien, finalmente si no está muerto, está agonizando.

Esta descripción no es nada nuevo, existen mejores, existen representaciones gráficas, documentales sobre la pasión del Señor y por supuesto hay que incluir la representación cinematográfica de Mel Gibson, en la renombrada película de la Pasión de Cristo, quizá muchos lloraron viendo las escenas perturbadoras, pero cercanas a la realidad del sufrimiento del Salvador.

Ahora bien, nos hemos acostumbrado nuevamente, a ver el Jesús crucificado y no sentir ningún dolor viendo el precio de nuestro rescate, ¿cómo saber cuándo nos volvemos insensibles ante el sufrimiento de Cristo?, yo creía que mi corazón estaba conectado a ese crucifijo, muchas veces enorme, que me miraba a diario a donde quiera que fuera a la Santa Misa, estaba convencido que viendo a Cristo Crucificado sentía el amor sublime y majestuoso que sintieron los grandes místicos, cuando en momentos de éxtasis privilegiados hacían suyos los padecimiento del Dios Humanado. Era claro, no tenía que preocuparme.

Todo empezó a cambiar cuando hace poco, estando a espaldas de un crucifijo, un niño se me acerco, me saludo y me dijo: -Ese Cristo me da mucha tristeza-; ante tal entereza de este pequeño de aproximadamente cuatro o cinco años, yo conteste presurosamente: -lo hizo por salvarnos, a cada uno en especial. El niño seguía derrumbando cada vez más mi argumento tan catequístico, volvió a pregunta: -pero, ¿por qué esta así, por qué ponen a Dios con tantos golpes?-; Yo quise recurrir a un argumento teológico más básico que el niño comprendiera, pero antes de yo contestar el me señalo el Cristo y me dijo: -es que también le faltan dedos al Cristo-; volteé a mirar el crucifijo y efectivamente, aparte de tan brusca representación, al pobre Cristo le faltaba dos dedos desquebrajados por el tiempo. Sonreí y le dije, - tranquilo eso no le pasó a nuestro Señor, no se le cayó ningún dedo.

Cuando el niño se marchó con una sonrisa y una sensación de alivio, yo me quede mirando al Cristo y pensé para mis adentro: ¡me he vuelto insensible!, me había acostumbrado a ver el crucifijo, lo veía a diario, es decir, no sentía la tristeza y el dolor que sentía el niño viendo a su Dios agonizando en una cruz, se me estaba olvidando que era la causa de mis pecados los que hacían a Cristo padecer, pues mi desobediencia era tal, que no sentía remordimiento por todo el sufrimiento que Cristo paso para reconciliarnos con Dios. He llegado a considerar que no sólo a mí me pasa lo mismo, sino que muchos católicos también lo sienten así, nos acostumbramos a ver el dolor de Cristo y no sentimos ningún remordimiento y por eso pecamos, porque no valoramos el sufrimiento de Dios por nosotros.

Es por eso que Cristo ha dicho una y otra vez en el evangelio: “Dios siente alegría cuando un pecador se convierte”[1], Él espera al hombre con los brazos abierto y sale a nuestro encuentro como el Padre misericordioso[2], pero es imposible llegar a Jesús sin pasar por el tormentoso y doloroso recuerdo del Getsemaní o del Calvario, porque casi nunca permaneceremos en el Tabor contemplando la gloria de Dios y diciendo con Pedro, “que hermoso es estar aquí”[3], ¡no!, es necesario bajar y cumplir el propósito de la salvación, muchas veces nos quejamos y pensamos que Dios no está con nosotros, creemos estar abandonados, y ese dolor nos hace renegar de Dios, pero se nos olvida que Cristo pidió al Padre, “aparta de mí este cáliz”[4] o en la Cruz cuando exclamó “¡Padre porque me has abandonado!”[5] Cristo sufrió, enormemente, fue traicionado, sintió la soledad, el abandono, sus paisanos aclamaron su muerte, el imperio presionado por las autoridades religiosas lo crucificó, tuvo una muerte lenta, dolorosa, contemplo hacia el cielo, miró a su Padre y le dijo: “en tus manos encomiendo mi Espíritu”[6] y murió.

Eso no es todo, caer en el juego de la insensibilidad no sólo nos aparta de Dios, sino también de mi hermano, muchos pensarán en este momento ir a visitar al Santísimo y postrarse ante él unos minutos para pedir perdón por el pecado del olvido.

Pero, quiero que vayamos más allá, quiero que tengamos la oportunidad de reconciliarnos con el Dios vivo, con el Dios que sale a nuestro encuentro, que va por la calle, que está agonizando, siendo perseguido, encontrar ese Dios desplazado, encarcelado, ajusticiado y que muere de hambre. ¡Cristo sigue vivo en la cruz!, pero es necesario verlo en los hermanos, en los pobres, en los que sufren, sentir con presura y delicadeza que Cristo muere por mi insensibilidad.

La pobreza y la miseria existen porque tú y yo tenemos más de lo que necesitamos, porque a los pobres les han quitado la tierra, sus riquezas, porque unos pocos tienen todo los recursos de mundo, porque Cristo sigue siendo despojado de sus vestiduras, es decir de sus derechos, porque el consumismo nos ha enseñado, que el que es pobre es porque quiere, cuando la verdad es que se cierran las oportunidades y se acaban con las esperanzas.

Nuestra indiferencia sigue matando a Cristo, no somos presurosos, diría san Vicente de Paúl, como cuando se quiere apagar un fuego. Pensamos que la caridad es solo un recurso burocrático de las parroquias y que nuestra obligación es con Dios cada domingo y no con los pobres cada momento.

Señor, quiero ser sensible ante tu sufrimiento como lo fue san Vicente de Paúl, quiero tener una conexión directa contigo en la Eucaristía que me alimente para trabajar a favor de los pobres; quiero sentir dolor de tu sufrimiento y el de mis hermanos, pero para ellos necesito ser un “hombre de oración capaz de todo”. Reconozco en mi oración que muchas veces he pedido vivir bien, con comodidades y artilugios, que en varias ocasiones he tratado de evadirte, que al ver un pobre prefiero esconderme y no atenderle, ¡oh Señor, dame te lo pido, un corazón sensible!





[1] Cf. San Lucas 15, 7
[2] San Lucas 15, 20
[3] San Mateo 17, 4
[4] San Marcos 14, 36
[5] San Mateo 27, 46
[6] San Lucas 23, 46

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